Va a ser difícil que Macri consiga achicar la distancia entre las palabras y las cosas

 

A dos semanas del comienzo es pertinente preguntarse qué puede esperarse de la Cumbre del G20 en Buenos Aires, y qué busca el gobierno nacional en este encuentro, en el que participarán representantes de Alemania, Arabia Saudita, Australia, Brasil, Canadá, Corea del Sur, China, Estados Unidos, Francia, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Reino Unido, Rusia, Turquía, Sudáfrica, Unión Europea y la Argentina.

La reunión precedente, realizada en Hamburgo en julio de 2017, dejó poco de positivo. El extendido y prolongado malestar de la globalización, examinado –entre otros— por Joseph Stiglitz; la competencia económica y militar entre Estados Unidos, China y Rusia; la turbulencia socioeconómica y política en la Unión Europea, recalentada por el Brexit; y un trumpismo que ya hacía de las suyas (el jueves 1° de junio de aquel año había anunciado el retiro del Acuerdo de París y —entre otras resonantes decisiones— había sacado a los Estados Unidos de la Asociación Transpacífica) se combinaron para dar un resultado casi intrascendente. Su Declaración Final fue titulada “Forjar un mundo interconectado”, a completa contracorriente de lo que estaba pasando. A lo largo de sus 15 páginas campean tanto la dificultad de articular posiciones no coincidentes, como la acumulación de expresiones de deseo. Varios medios señalaron, incluso, que fue uno de los encuentros más tensos de los últimos años.

Por otra parte, en el plano de la seguridad se desplegó en Hamburgo un eficaz dispositivo de control respecto del terrorismo internacional: no se registró ningún incidente. Pero sí, en cambio, debió soportar una densa marea de grupos opositores (anarquistas, globalifóbicos y otros). No obstante los más de 20.000 efectivos aplicados al control securitario, hubo numerosas movilizaciones y actos de protesta que dejaron un  tendal de automóviles quemados y otros destrozos. Más de 300 policías y agentes de seguridad resultaron heridos y hubo un número similar de manifestantes detenidos. También se produjeron masivas manifestaciones pacíficas.

Un repaso histórico arroja información que bien podría haber servido de advertencia para el gobierno argentino sobre aquello en que se metía. El G20 fue creado en 1999 a instancias del Grupo de los 7 (G7), formado por Francia, Reino Unido, Alemania, Japón, Canadá, Italia y los Estados Unidos, cuando este ocupaba el sitial de superpotencia solitaria. Inicialmente convocó sólo a los ministros de hacienda y presidentes de bancos centrales. A partir de 2008 se iniciaron  las “reuniones cumbre”, es decir, protagonizadas  por los primeros mandatarios de los países asociados. Este paso estuvo vinculado a la crisis financiera internacional desencadenada ese año, que propició preocupaciones compartidas y acercamientos. Pareció en un principio que esas cumbres se sumarían a las prácticas multilateralistas todavía vigentes. Pero las dificultades financieras, comerciales y también de seguridad internacional torcieron aquel rumbo inicial. El multilateralismo de posguerra, de cuño occidental, mermó sensiblemente, en un orbe que avanzaba hacia la superación de la unipolaridad y el establecimiento de una doble polaridad: la que enfrenta hoy, en el plano económico a Estados Unidos y China, y en el militar a Estados Unidos y Rusia.

Así las cosas, las condiciones iniciales en las que navegó el G20 prácticamente habían desaparecido en 2017. Dan cuenta de ello, entre otros hechos, tanto la poca consistencia de  la ya mencionada Cumbre de Hamburgo como el fracaso de la Conferencia de la Organización Mundial de Comercio desarrollada en Buenos Aires, en diciembre del año pasado. El Director General de la OMC, Roberto Azevedo, reconoció que el resultado había sido “decepcionante”; la poderosa Comisaria de Comercio Europeo, Cecilia Mallstrom, declaró que “ni siquiera pudimos acordar la reducción de los subsidios a la pesca ilegal (¡sic!). Es realmente indignante”. Y la presidenta del evento, la ex canciller Susana Malcorra, señaló que “no se habían alcanzado resultados suficientes”.

En este marco, ¿qué puede esperarse  del G20 porteño en términos de beneficio colectivo?  Los antecedentes inmediatos no son favorables. Las desavenencias y antagonismos entre Estados Unidos, China y Rusia se han profundizado. Las querellas europeas continúan, no obstante que el acuerdo sobre el Brexit parece haber avanzado un poco. Todo lo cual indica que, dicho en criollo, “el horno no está para bollos” en materia de coincidencias y convivencia.

En este marco, que induce a pensar que la posibilidad de un resultado satisfactorio en la Argentina es casi nula, ¿qué provecho puede buscar el gobierno en el exigente compromiso de organizar la cumbre? Con aparente racionalidad consiguió que se fijara una temática de bajo perfil. Su tema general es “Construyendo consenso para un desarrollo equitativo y sustentable”, un asunto que prima facie nadie rechazaría. Pero hete aquí que las bellas palabras suelen llenarse –luego de pronunciadas o escritas— de significados diferentes. Donald Trump persevera en dinamitar el orden multilateral mundial del que su propio país ha sido importante constructor, mientras Emmanuel Macron procura todo lo contrario y China avanza a paso firme sin darle mayor importancia a la cuestión ambiental y al efecto de periferización que esparce crecientemente. ¿Consensos? ¿Desarrollo equitativo y sustentable?  Mmmm… ¿De veras? ¿Dónde? Cabe acotar que, en casa, el presidente Macri se está esforzando también por derrumbar consensos y por evaporar el desarrollo. Va a ser muy difícil que consiga achicar la distancia que existe hoy entre las palabras y las cosas, en este terreno. Con suerte persistirá en el ejercicio de la simulación discursiva, no sin riesgo de dar un costoso paso en falso.

Tres ejes básicos acompañan al tema central recién aludido: “Futuro del Trabajo”, “Infraestructura para el desarrollo” y “Futuro alimentario sostenible”. Les caben señalamientos semejantes a los ya expuestos. No sería raro que nuestros próximos huéspedes estuvieran ya riéndose a nuestras espaldas, por el escaso sentido de la oportunidad del presidente: ¿trabajo, alimentación, desarrollo, discutidos en un país con un gobierno que ha forjado una crisis económica pavorosa? ¿Futuro?

Macri no es un neófito. Concurrió a las reuniones de Hangzhou (2016) y de Hamburgo. Y tiene equipos ministeriales en Hacienda y Cancillería capaces de informarlo adecuadamente. No ha llegado a este brete –que incluye peliagudas amenazas a la seguridad— por ingenuidad. ¿Tendrá el gobierno algún fin preciso, alguna meta económico-financiera a lograr, algún argentino interés en este terreno? Nada se ha dicho y nada ha siquiera trascendido, lo que induce a pensar que se carece de agenda específica propia.

Así las cosas, ¿por qué toma entonces Macri el riesgo de obtener un resultado que puede ser negativo o acarrearle un duro traspié frente a importantísimos mandatarios? Si la respuesta no está “adentro” del evento debe probablemente estar “afuera”. Veamos una vez más.

El 1° de febrero pasado se llevó a cabo en Buenos Aires un seminario organizado por el llamado T 20, un think tank ligado al G20 que coordina instituciones de todo el mundo. Es usual que en cada cumbre lo dirijan los anfitriones. En este caso organizaron el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC). Jorge Mandelbaun, presidente de este último, marcó un objetivo en su discurso inaugural: “Vamos a mostrarles a nuestros aliados internacionales la verdadera Argentina y su enorme potencial”. Aquí probablemente esté la clave. En exhibirnos y en acreditarnos ante esa porción del mundo que encabeza Estados Unidos, a la que Macri procura asociar a la Argentina en calidad de subordinada.

En curiosa simultaneidad con lo anterior, el embajador argentino ante aquel país, Fernando Orís de Roa, declaraba en Washington: “Estados Unidos quiere nuestro respaldo en votaciones internacionales y apoyo en temas como el narcotráfico, el lavado de dinero y otros de corte político. Nosotros en cambio tenemos una agenda económica. Mi función se trata de encontrar el nivel de llegada exacto para satisfacer la agenda de ellos y que eso se interprete como un gesto que los inspire a cooperar con nosotros”. (El Cronista, 16/01/2018).

La suma algebraica de Mandelbaum y Orís debería dar como resultado que “nuestro enorme potencial” “satisficiera la agenda de ellos”, lo que a la recíproca, “inspiraría” a los Estados Unidos “a cooperar con nosotros”. El círculo se cierra así con congruencia. Presidir y organizar el G20 sería un aporte más en el camino de “inspirar cooperación” subordinada: es por esto que se toman riesgos. Esta es la verdadera agenda argentina para la reunión. No hay, en definitiva, ni ingenuidad ni volubilidad tras esta decisión sino algo peor: una deplorable opción política que vulnera la soberanía nacional.