sendic_002

(…) era el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo (…) Los burgueses, lo mismo los conservadores que los ultrademócratas, competían a lanzar difamaciones contra él. (…)
Como el que se quema con papas, hemos sido parcialmente ganados por el prejuicio de que todo reconocimiento y todo honor profundo y sincero a quienes lo han dado todo por la revolución socialista, implicaría algo así como una pueril veneración religiosa o un peligroso culto a la personalidad.
Es cierto que frecuentemente le soplamos a la sandía apenas la vemos…
Tantos y tantas, y tan inmerecidamente, han sido “elevados” sobre todo post mortem a la categoría de heroínas o héroes populares sin serlo ni de a ratos, que es razonablemente explicable esta actitud de rechazo casi espontáneo y muy extendido a aquellas palabras o gestos públicos que busquen recordar y destacar la vida de quienes, sí justificadamente, merecen el reconocimiento popular, especialmente cuando se cumplen aniversarios de sus nacimientos o de su desaparición física.
Muy pronto, cuando efectivamente se trata de luchadoras y luchadores a quienes no es un regalo, sino un deber moral, recordarles, este prejuicio se debilita, y, al contrario, cobra fuerza al menos entre la gente de pueblo más humilde y sana -a veces como que tardíamente-, la necesidad de tenerles presentes más allá de celebraciones indicadas por el almanaque; principalmente, de tener en cuenta el devenir de sus vidas y sus aportes en materia de pensamiento revolucionario y de consecuencia entre ese pensamiento y sus hechos cotidianos concretos, en eso que solemos definir como praxis social.
Por supuesto que saciar esta necesidad es algo obstaculizado por el aparataje mediático de la clase dominante y los oportunistas a su servicio, y que, en el “mejor” de los casos, los “reconocimientos” que llegan por este lado, terminan siendo no otra cosa que un cínico emparejamiento entre conductas diametralmente opuestas, verdaderas antítesis de acción y de ideales, tarea necia aunque “exitosa” en la cual la burguesía y sus mandaderos de derecha y “de izquierda”, son auténticos expertos.
(El burdo y gigantescamente irrespetuoso emparejamiento entre el gran Artigas y el pequeño Rivera, es tal vez el mejor ejemplo en tal sentido para nosotros, los “orientales”).
Naturalmente que la tarea de contribuir al discernimiento entre unos y otros de los que el sistema pretende igualar, no es moco de pavo; nuestra desventaja operativa es notoria, nuestros recursos materiales modestísimos y de alcances muy poco significativos.
Sin embargo, hay un plano en el que ningún esfuerzo que hagamos será demasiado y en el que muy poco o nada puede tallar una clase dominante “discapacitada” por su propia naturaleza “psíquico-espiritual”. Un plano en el que ella no puede competir, podría decirse, por carecer totalmente de contenidos ético-filosóficos cuya ausencia se explica por su propia condición social alejada totalmente del pueblo:
Es solamente en las filas del pueblo trabajador, entre los más humildes y los más sanos, donde podemos buscar y encontrar algo que es en realidad nuestro patrimonio exclusivo, nuestro único “monopolio”, precisamente por nuestra propia naturaleza y nuestra condición social de oprimidos y explotados alejados totalmente de la burguesía. Solamente el pueblo, en la de todos los días y muy especialmente en los momentos de agudización de la lucha de clases y de aumento de la necesidad de la solidaridad y la unidad para luchar, solamente él está en condiciones de reivindicar lo que ni por distracción debemos rifar o subestimar:
El sentido épico de la vida y de la lucha por la justicia; la convicción de ser justos y sentirnos orgullosos por serlo; las cualidades éticas que reivindican la vida como expresión trascendental de la existencia humana y no como un simple o complejo resultado de la evolución de la materia orgánica en movimiento o de absurdos designios divinos.
Reivindicar permanentemente esta significación épica del vivir y el luchar para que vivir sea algo dignificante contra viento y marea; rescatar de la historia de los pueblos -la de ayer y la de hoy- los verdaderos rasgos de heroicidad no impostada y sí ejemplar; rascar en aquella para descubrir los hilos de dolor y sangre que fueron necesarios para que hoy sintamos lo épico no como un mito sino como un hecho palpable y sensitivo del alma popular…
En fin, defender la contextura espiritual y los valores morales revolucionarios que ya originariamente intervinieron en nuestro propio devenir como pueblo; defenderla y levantarla como estandarte de grandeza y respetabilidad bien ganada, es empresa nuestra. Exclusivamente nuestra.
De hoy, de mañana, de siempre, más allá de circunstanciales derrotas y circunstanciales victorias y por encima de bifurcaciones ideológicas que la burguesía no tiene muy presente que digamos a la hora de golpearnos para seguir sujetándonos y pisoteándonos.
Así, pues, que luego de estas disgresiones de premeditada voluntad de cargar las tintas en nuestra épica vital e intransferible, me permito iniciar esta jornada casi invernal del vigésimo séptimo aniversario de la muerte de “El Bebe” Raúl Sendic, robando las palabras que siguen, expropiadas de un viejo testimonio del año 1883 y que hago “nuestras” para referirnos al Compañero Tupamaro, Revolucionario y Socialista caído el 28 de abril de 1989, a los 64 años, víctima de una durísima enfermedad que contrajo en los mismos cuarteles de estas FF.AA. al servicio de los opresores cuyo jefe militar máximo hoy “propone” convertir en  “centros de educación cívica” (¡¡¡!!!).
Dicen así:
“(…) era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había infundido (…) la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad (…) como pocos (…)”.
Por eso, (…) era el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo (…) Los burgueses, lo mismo los conservadores que los ultrademócratas, competían a lanzar difamaciones contra él. (…) Apartaba todo esto a un lado como si fueran telas de araña, no hacía caso de ello; sólo contestaba cuando la necesidad imperiosa lo exigía. Y ha muerto venerado, querido, llorado por millones de obreros de la causa revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, (…). Y puedo atreverme a decir que si pudo tener muchos adversarios, apenas tuvo un solo enemigo personal.
(…) Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra (…)”.
(Federico Engels, en el cementerio, al morir Carlos Marx, el 14 de marzo de 1883, publicado en inglés por el periódico de Highgate, tres días después y traducido al alemán a la semana por “Der Sozialdemokrat”).
A Raúl Sendic Antonaccio es casi seguro que esta “impostura” caprichosa en este día tan particular, le hubiese hecho sonrojar; más todavía, se habría calentado sobre manera si hubiésemos transcripto el texto íntegro, más elogioso aun que estas breves palabras salidas del corazón y de la cabeza de un hombre respecto a otro hombre al que amó con genuino y entrañable amor revolucionario.
Sépase disculpar si se lo considera un exabrupto; pero sépase también entender que lo anterior no es fruto de la haraganería de un escribidor cansado y adulón, sino la manera poco ortodoxa de rendirle honores a alguien que, además de tenerlos bien merecidos, no fue tampoco nada ortodoxo. Que supo discutirle al mismo Marx y al mismo Engels, juntos, y que, al fin de cuentas, se hubiera sentido serena y parcamente orgulloso de que se lo comparara con semejante antepasado, uno de sus queridos “maestros” y “guías” espirituales en la lucha  desde sus más tiernos años de combatiente popular infatigable e intransigente.
En la misma, interminable y épica lucha por vivir justa y dignamente como se merece el pueblo trabajador en todas partes.
¡Por la Revolución y el Socialismo, “El Bebe” seguirá viviendo “a través de los siglos”!!!.
Gabriel -Saracho. Carbajales, Montevideo, 28 de abril de 2016.-