Caras y Caretas

Amodio

Me cuesta creer que, como dice Gabriel Pereyra que le han dicho algunos colegas, la entrevista que le hizo a Amodio Pérez hace dos años pueda ser considerada una de las más importantes del Uruguay post dictadura, pero supongamos que sí. Supongamos que saber quién traicionó a quién durante los últimos días del Movimiento de Liberación Nacional, mientras morían estudiantes, iban presos dirigentes sindicales y el país se precipitaba en la que fue su noche más oscura del siglo XX, pueda ser considerado muy importante. Aun así, aun aceptando el mito tupamaro como imprescindible, no termino de entender cómo se puede pasar de pensar que un traidor es un traidor a creer que un traidor es un pobre tipo que hizo lo que habría hecho cualquiera en su lugar.

Supongamos que el MLN no fue derrotado por la traición de Amodio (algo que ningún relato serio sostiene, por otra parte, como bien señaló Marcelo Pereira en La Diaria hace dos años y como bien volvió a explicar en los últimos días). Supongamos que estuviera todo el pescado vendido y la caída del movimiento de guerrilla urbana fuera cuestión de días. Supongamos que ya otros integrantes de ese movimiento hubieran flaqueado en la tortura y que varios nombres y direcciones se les hubieran escapado. Supongamos que el pacto de resistir las primeras veinticuatro horas fuera difícil de cumplir, considerando que sin relojes y bajo apremios físicos no debe ser fácil llevar la cuenta del tiempo. Supongamos, en suma, que Amodio no fue el único en abrir la boca, y que el movimiento que integraba no cayó por su culpa.

Supongamos, por último, que dilucidar esa cuestión –la de las culpas y los nombres propios en el caso tupamaro– fuera relevante, cuando todavía no se sabe qué pasó con la mayoría de los desaparecidos, cuando todavía no se han esclarecido tantos delitos cometidos por el Estado antes del Golpe y durante la dictadura, y cuando siguen pendientes de aclaración definitiva, por ejemplo, los fusilamientos en la seccional 20 del Partido Comunista.

Aun suponiendo que conocer la versión de Amodio pueda ser interesante para alguien más allá del círculo de involucrados, no termino de entender cómo se pasa de ese interés a una especie de empatía, a una comprensión del personaje que no sólo lo retira del lugar infame del traidor sino que lo coloca en el mucho más potable rol de héroe devaluado. Amodio Pérez fue, para Gabriel Pereyra, antes de la entrevista que le hizo en España, un nombre manchado por la peor historia: la de haber enviado a sus propios compañeros al infierno. Encandilado por el relato heroico de los combatientes, Pereyra viajó a España con la maleta llena de ilusiones justicieras. Volvió, en cambio, desengañado y reflexivo. Comprendió, en el intercambio con el entrevistado, que ambos –Amodio y él– habían sido víctimas. Uno, por haber sido chivo expiatorio de un fracaso político estrepitoso; el otro, por haber creído la historia oficial escrita por los que fracasaron.

Ahora, cuando Amodio presenta en el Hotel Sheraton una historia que escribió otro y que publicó la editorial del diario El País, Pereyra lamenta que lo hagan perder el tiempo en los juzgados para que aclare lo que sabe, por ejemplo, de las mujeres torturadas con su colaboración.

Hay algo, por supuesto, que no hay que perder de vista: ser traidor no es delito. Ser infame, mala persona, vendido o acomodado no constituye causa penal alguna. Es algo que suele olvidarse cuando se habla de cosas feas: lo feo, lo inmoral, lo contrario a la ética o a las buenas costumbres no necesariamente constituye delito. Pero no todo en la vida se mide con el Código Penal.

Nadie puede asegurar que resistirá la tortura sin abrir la boca. Nadie. Ni siquiera los miles que lo hicieron, que aguantaron el infierno sin mandar a otros a la paliza pueden asegurar que van a volver a aguantar. Ser fuerte en condiciones insoportables, inenarrables, es un acto de coraje o de resistencia extraordinario, y nadie puede prometer lo extraordinario. Pero hay una distancia enorme entre quebrarse y cambiarse de bando. Hay un abismo entre flaquear y colaborar. Las cárceles de la dictadura albergaron a muchos, supongo, que no resistieron toda la presión todo el tiempo, pero ese no es el caso de Amodio. Es un error grave pensar, como piensa Pereyra, que cualquiera se da vuelta por miedo. Amodio compró su vida y su libertad (y las de Alicia Rey, su mujer) con la vida y la libertad de sus compañeros. No se le escapó un par de nombres (a varios se les escaparon nombres y no por eso zafaron de años de cárcel). No dio una dirección en un momento de flaqueza. No se quebró en un instante feroz, en un minuto aterrorizante. Tuvo, al contrario, la fortaleza para negociar los términos de su libertad y de la de su mujer. Y pagó y cobró según los términos de esa negociación. Los detalles, sórdidos o no, son anecdóticos.

También es anecdótica la indignación de Gabriel Pereyra. Es, en todo caso, el enojo de alguien que compró un artículo en mal estado, un juguete que no anda, un servicio insatisfactorio. Es un enojo de consumidor, en un tema que, de merecer algún enojo, bien podría merecer uno con bases más profundas.