UNO
* Tabaré Vázquez confirma a Eleuterio Fernández como ministro de defensa de su próximo gobierno, pese a que su sector político obtuvo un muy exiguo respaldo electoral que equivale apenas a la décima parte (unos 8.000) de los votos en blanco y anulados emitidos el 26 de octubre de 2014.
* Vázquez no da marcha atrás rectificando esa designación, a pesar del rechazo y el repudio generalizados que provocan las declaraciones públicas de Fernández tratando de restarle gravedad a los delitos de lesa humanidad de la dictadura y de “justificar” una conducta ministerial que es de defensa, sí, pero de los militares directamente responsables de estos delitos, obstaculizando las investigaciones tendentes a someterlos al debido proceso judicial y ubicar los restos de los desaparecidos, cosa que hace mediante el ocultamiento de información elemental respecto incluso a los actuales “paraderos” de los acusados y de datos básicos sobre sus actividades de hoy (torturadores y asesinos cobran sus buenas jubilaciones y hasta regentean empresas, están inscriptos en los “padrones” del BPS, pero en algunos casos los secretarios del ministro le han dicho a los magistrados actuantes que “no se sabe si viven todavía; es imposible ubicarlos”).
* Vázquez le resta importancia a los insultos proferidos por Fernández contra organizaciones de DD.HH. y a la “banalización” de la tortura explicitada en sus increíbles declaraciones recientes, tan nefastas, por cierto, como las más fascistoides de Sanguinetti tratando de defender la aberrante Ley de Impunidad en la segunda mitad de los ´80.
* Tabaré Vázquez, de hecho, no está avalando precisamente a Fernández, sino a los contenidos de una actitud político-ideológica que no es monopolio exclusivo del ministro, y, al hacerlo, naturalmente, permite que nos hagamos una idea clara –y preocupante- de cuál será la orientación rectora de su nueva presidencia sobre el tema DD.HH.
DOS
¿Fernández es un “intocable” o sencillamente el mascarón de proa de “pactos” que se empezaron a contraer entre civiles y militares hace más de 30 años? ¿O es un “intocable” precisamente por tratarse del “personaje” nominado no se sabe por quiénes y en nombre de quiénes para “garantizar” el cumplimiento de esos pactos contra viento y marea, gobierne quien gobierne?… ¿No será, además, que a él y algunos más de su misma calaña también les favorece de algún modo la impunidad?. ¿Los pactos no estarán protegiendo asimismo a un conjunto de civiles que actuaron “vendiendo su alma al diablo”?.
Sea como sea -y más allá del “estilo” pedante y baboso del ministro, que a estas alturas parece demasiado sobreestudiado e impostado para vender la imagen de “un duro sin remedio”-, el común del pueblo no duda en calificar de “traición” lo que viene ocurriendo desde hace muchísimo tiempo, antes de que Fernández fuese la irritante “figura pública” que es hoy (no solamente para los sectores denominados “radicales”, sino para la inmensa mayoría de quienes tanto el 26 de octubre como el 30 de noviembre volvieron a respaldar a la fuerza política a la que pertenecen tanto Fernández como su promotor Vázquez, y en cuyo siempre renovado programa de gobierno no deja de figurar el tema de los DD.HH., invariablemente, aunque más no sea declarativamente).
TRES
En lo que quedó a mediados de los `80 como súper contradictoria sobrevivencia del viejo MLN diezmado por los fascistas cívico-militares (con la inmensa mayoría de los Tupamaros más veteranos afuera de la estructura orgánica o en el exilio), Fernández fue adquiriendo un “ascendiente” bastante inexplicable, a primera vista, ya que por entonces no eran pocos los elementos de juicio que permitían sospechar que su práctica derrota/postderrota en los cuarteles, carecía, por lo menos, de transparencia ética y aconsejaban mantenerlo al margen de cualquier organismo de dirección o dirección intermedia.
Raúl Sendic Antonaccio era el más preocupado por este asunto y de algún modo trató de hacer notar su preocupación advirtiendo sobre el riesgo que suponía la creciente influencia de lo que él llamaba “mentes brillantes” (Fernández era la más “brillante”, por lejos) en el infecundo intento de reconstrucción del MLN. Pero realmente no tuvo éxito, sobre todo porque no buscó fáciles “compinches” para expulsar al futuro ministro y porque trataba de actuar, como lo hizo siempre en circunstancias semejantes, sin que el asunto aparentara ser lo que no era: una cuestión personal o de “celos” entre “dirigentes históricos” (que algunos verdaderamente lo eran) y “vacas sagradas” herederas de una mitología sesentista cuya consideración crítico-autocrítica merecería un capítulo aparte en la búsqueda de los por qué de una derrota histórica propinada sin duda por los fascistas, pero de características que sólo se explican por factores que hacían a la interna del movimiento popular organizado, muy especialmente a la del MLN…
Fernández, por otra parte, gozaba de una cierta renovada aureola de “proficuo teórico” que sabía utilizar con sagacidad profesional: había sido antaño el redactor principal de al menos cuatro de los documentos estratégicos del MLN, y, sin dudas, el más activo de los cofundadores en materia de “pienso” literario para la organización; éso, y su forma de ser avasallante e incansable -siempre impulsando “ideas” y proyectos, siempre rodeado de “incondicionales” a los que botijeaba sin descanso y repetían sus ocurrencias como loros parlanchines- aun después de la dictadura, facilitaron que mucha cosa previa al golpe y la derrota y durante la misma derrota respecto a su comportamiento, pasaran a segundo plano como factores que “se irían aclarando en el futuro”…
La misma idiosincrasia de “El Bebe” (de “mirar lejos” y muy confiado en que a la corta o a la larga los elementos nocivos irían quedando autoexcluidos por su misma naturaleza en la dinámica de la vida política), que ni había sospechado su temprana muerte atrapado por el Mal de Charcot, hizo posible que el “mariscal de derrotas” de Fernández pudiera seguir moviéndose a sus anchas en una organización que continuaba eludiendo la cuestión clave de orientar su accionar político priorizando y profundizando el compromiso con la clase trabajadora concebida como motor potencial del proceso revolucionario hasta sus últimas consecuencias.
CUATRO
El tema es que “el futuro que iría aclarando las cosas” (un futuro sin “El Bebe”, ya fuera de la orgánica antes de morir, en 1989, por serias diferencias que tenían que ver no solamente con “el caso Fernández” y mientras mascullaba escribir su propia versión sobre las famosas “negociaciones” de los ´70 y el rol singular del actual ministro) llegó explicando “la forma de ser” y la trayectoria de Fernández en dictadura por vía de los hechos contantes y sonantes…
El futuro es hoy, y aunque pueda considerarse muy discutible que lo que presenciamos actualmente sea propiamente “una traición” o una conducta intrínsecamente coherente a lo largo del tiempo, a muy poca gente de la época del surgimiento y del fracaso MLN y luego, le caben dudas sobre la severa enseñanza que deja “el caso Fernández”, que no debería pasar a la historia simplemente como triste anecdotario con maestro de la ironía al cuete de primer protagonista:
Personajes como Fernández, son los que creen y suelen hacernos creer que abrazan la causa de la clase obrera y del socialismo como propias, cuando en realidad lo que hacen es actuar arrastrados por circunstancias históricas de potente auge de la lucha popular, ideológicamente motivados por concepciones pseudo revolucionarias que en esencia constituyen los residuos casi inertes de la ideología burguesa en crisis, alentando una idea de “futura sociedad” que por sus contenidos es lo mismo que la sociedad capitalista: se trate de “la nueva clase dominante” o de castas privilegiadas surgidas del proceso y aunque el “cambio” sea violento, estos personajes conciben la “nueva sociedad” regida por círculos elitistas de “genios insustituibles”, de “cuadros infalibles”, que, obviamente, a la corta o a la larga, resultarán un serio escollo contrarevolucionario.
Están llamados a ser, por su arraigada esencia ideológica y su pujanza personal, destacados referentes de la misma burguesía, o, en el mejor de los casos, “amigos de la revolución” (es decir, “aliados circunstanciales”); pero la dialéctica de la lucha de clases, desdichadamente, los coloca muchas veces donde jamás deben estar: conduciendo organizaciones de intención revolucionaria, manejando aspectos delicadísimos de la lucha revolucionaria, erigidos en “jefes” sin ser otra cosa que oportunistas e individualistas “de fuerte carácter” que a lo sumo entienden el socialismo como algo parecido a lo que muchos de nosotros, en la más tierna adolescencia, creímos erróneamente: hay que hacer la revolución para que los explotadores pasen a ser los explotados (con la perversidad, obviamente, que esto supone).
CINCO
En el presente, Fernández actúa según una esencia ideológica veleidosa y exitista, que no posee, por supuesto, en exclusividad. La comparte con otros personajes infaltables en todo proceso histórico, que sobresalen mucho más cuando, como es el caso, disponen de una preparación intelectual-cultural que destaca en su medio particular, aunque padezcan una brutal déficit en la praxis como criterio de verdad.
Fernández no pudo ser, en realidad, “un traidor” a su propia ideología decadente camuflada por el fraserío “combativo” y provocador. No pudo ser, no es, no lo será jamás, un “traidor” como efectivamente lo fue, lo es y lo seguirá siendo hasta el último suspiro Fidel Castro (por poner sólo un ejemplo muy conocido por todos de auténtico revolucionario que renegó de sus propios orígenes, se rebeló contra la clase a la que perteneció, la engañó y la sigue derrotando hasta en las peores circunstancias, junto a un pueblo que ha abrazado la causa del socialismo como alternativa de vida social y humana liberada de todo tipo de ataduras a falsos mesías, farsantes de buena labia e intelectualoides que en menos de lo que canta el gallo, muestran la hilacha vilmente contrarevolucionaria.
Fernández no es “un traidor” porque jamás fue un revolucionario, y cada paso que da es una reafirmación más de fe en la causa de los chupasangre y los criminales a los que, muy suelto de lengua, procura defender.
Las va de “antimperialista” acusando ligeramente a organizaciones de DD.HH. como organizaciones al servicio de intereses imperiales, cuando él, si es enemigo del imperialismo, lo es únicamente del desaparecido Imperio Romano o del Imperio Azteca.
Estrictamente y seriamente hablando -el presente nos lo muestra-, Fernández ha vuelto al redil del que nunca debió intentar escaparse, y nada mejor para su encomiable gestión de reafirmación ideológica que el cargo de Ministro de la Impunidad que hoy ocupa adelantándose a la que nos espera con el “nuevo” reinado de Tabaré Vázquez con un gobierno que al parecer no se detendrá en la “trivial” tarea de colaborar con la Verdad y la Justicia.
Como traidor de la burguesía y la pequeño burguesía advenediza, al menos, Fernández ha sido un magistral fracaso, pero también una dramática enseñanza para el movimiento popular en cuanto a cómo debemos entrelazar los hilitos de la lucha sin quedar encandilados por las luminarias multicolores que la historia se encarga de mandar al galpón de los cachivaches como mandó al mismísimo “Don Frutos” de tan triste pasaje por este mundo.
Fernández debe irse, ni qué hablar; pero con él debe irse también el colaboracionismo antipueblo empeñado en hacernos creer que los asesinos del proceso cívico-militar son ya “unos pobres viejitos” y que el ministerio de defensa debe serlo de defensa de la impunidad burguesa-fascista de ayer y de hoy.
Gabriel -Saracho- Carbajales, Montevideo, 3 de enero de 2015 / Primavera de la Dignidad.-