Últimos procesados por la Justicia Militar (III)

16 de julio de 2014

CRÓNICAS DE 30 AÑOS EN PERIODISMO

Hace 30 años, el juez militar estudiaba nuestro caso, se ayunaba por Wasem Alanís y me internaban en Punta Carretas.

Hace 30 años, el juez militar estudiaba nuestro caso, se ayunaba por Wasem Alanís y me internaban en Punta Carretas.

 

EN EL HOSPITAL PENITENCIARIO DE PUNTA CARRETAS

 

Últimos procesados por la Justicia Militar (III)

 

CELDA “INFECTOCONTAGIOSA”

Aquella noche del jueves 5 de julio de 1984, el viento entraba silbando por el vidrio roto de la enrejada ventana que daba hacia el Faro de Punta Carretas. No había nadie más en las celdas individuales de la “Sala de Infectocontagiosos” del Hospital Penitenciario. Me habían trasladado con lo puesto: championes sin cordones, medias deportivas, jeans, camiseta, polera de lana y una campera de tela sintética. Tenía frío y miedo… o, quizás, era el miedo lo que me daba frío.

Comprendí que los gritos e insultos que había lanzado en mi protesta por estar encerrado en una sala hospitalaria de azulejos blancos, no iban a darme resultado. Me putié a mí mismo por amenazar al médico de Jefatura de Policía con una huelga de hambre y me reputié otra vez por avisar que había sufrido un año atrás un foco tuberculoso… Traté de tranquilizarme y llamé al guardia para ir a un baño, porque la infecta celda no lo tenía. Le pedí algo con que taparme para intentar dormir en aquella helada camilla de hierro que solo tenía un fino colchón de espuma forrado de pantasote. Me dijo que averiguaría…

Unos minutos más tarde, el guardia y el enfermero entraron a la celda. El primero traía una frazada gris, ya percudida y casi acartonada, de aquellas clásicas que tejía la Fábrica La Aurora. El segundo, me convidó con una crema de avena que había servido en el fondo cortado del envase de plástico de lo que parecía una botella de alcohol. Estaba muy grumosa, pero aún caliente. Lo miré para pedirle una cuchara y me hizo un gesto con los tres dedos centrales de su mano, para que los usara como pala.

Cada diez segundos la luz del faro entraba en las celdas de los "infectocontagiosos".Cada diez segundos la luz del faro entraba en las celdas de los “infectocontagiosos”.

La noche se hizo muy larga. Con tensión aguardaba cualquier ruido. En los hospitales siempre hay sonidos del chirriar de ruedas de carritos, o del estrépito de bandejas o chatas de latón, pero en uno Penitenciario, se agrega el ruido metálico de rejas y pasadores cuando abren o cierran. A todo eso, para no dejarme dormir, además, se sumaba la luz del faro que se reflejaba por la ventana cada 10 segundos, generando en el techo monstruosas figuras dibujadas con las sombras de las rejas.

Todavía no amanecía cuando el cambio de guardia. Estaba entumecido. A pesar de la cobija había pasado frío. No sé quién dio la orden, pero cuando clareaba me trasladaron al pabellón de enfermos. Una gran sala con 16 camas de metal, ocho sobre cada pared, enfrentadas por un corredor de dos metros de ancho y separadas a los lados por un metro y medio. Había una decena de presos acostados. Pocos abrieron un ojo cuando ingresé. No temí. No recuerdo si me parecieron inofensivos o si me sentí acompañado. La cama del fondo a la izquierda estaba vacía y tenía frazadas. La tomé, me acosté vestido, de espaldas a la pared y me dormí…

 

“BIENVENIDO CORRECAMINOS”

Cuando desperté, los demás presos me miraban con muy mala cara. No era una mirada provocadora ni amenazante. Me observaban con enojo o, más bien, con desaprobación  Algunos murmuraban con otros mientras me veían de sesgo  Lo único que se me ocurrió hacer fue empezar a caminar de un lado a otro a lo ancho del pabellón. Lo hacía con tensión, acelerado, para entrar en calor y para demostrar que estaba bien de salud y que, ante cualquier intento de agresión individual o colectiva, alguno sufriría mi resistencia.

Los diez presos del pabellón, varios de ellos postrados por intervenciones quirúrgicas y en un caso por hemiplejía, mantuvieron la distancia ante el demente que había llegado. El que se acercó fue el “Huesito”, un veterano, muy largo y muy flaco… “Frene un poco, botija, que si sigue haciendo el surco de costado lo van a sancionar por hacer un pozo… Parece el Correcaminos. Afloje un poco que nos está mareando y nosotros ya estamos enfermos”, me dijo mientras se acercaba. Yo no sabía entonces qué era el “surco”, pero ellos sí sabían que yo era “el periodista”.

Viejas camas metálicas se enfrentaban a los lados del amplio pabellón del hospital.Viejas camas metálicas se enfrentaban a los lados del amplio pabellón del hospital. Luego supe que esa mañana del 6 de julio, en el informativo de CX 30 La Radio se informó que el día anterior me había trasladado “esposado” al Hospital Penitenciario y nada se sabía de mi estado de salud. La noticia generó alerta y preocupación en todos lados y, particularmente, en quienes en el marco del Club Naval estaban negociando explícita, implícita o sobrevoladamente la salida de la dictadura y no les servía que un periodista preso por la justicia militar hubiere sufrido algún daño que obligara a su internación en el hospital penitenciario.

El “Huesito” fue quien me explicó del malestar que yo había generado, porque esa mañana, preocupados por la noticia en la radio, todas las autoridades de la cárcel y otras figuras más (nunca pude confirmar quiénes) habían llegado a verme y me encontraron dormido…

– “Todos los quías… el jefe de la cárcel, otros de uniforme militar y policial, algunos de túnica, y hasta uno de traje… como nueve eran. Se pusieron a los pie de su cama y el Señor, dormido. No se despertó…”

“Es que estaba cansado… ¿qué quería que hiciera?”, intenté excusarme.

“¿Cómo cansado?. Algunos están años acá antes de poder ver una autoridad… ¿Qué qué quería que hiciera?… Es el momento de pedirles cosas, de conseguir algo, aunque sea un cigarrillo de garrón…”

“Disculpen, no sabía… pero, acá, en el hospital, se puede fumar…”, dije con evidente ansiedad.

“No, no se debe”... me dijo el “Huesito”, mientras con una sonrisa sacaba del bolsillo de su camisa térmica, mora a cuadros, medio cigarrillo armado y una caja de fósforos. Lo prendió, pitó, me ofreció, acepté, pité y, como en el cuento de Onetti, me dijo: “Bienvenido Correcaminos”.

Los fondos de la prisión tenían una cancha de fútbol en torno a la que corría Techerita. Nunca tuvo visitas.Los fondos de la prisión tenían una cancha de fútbol en torno a la que corría Techerita. Nunca tuvo visitas.

 

DIEZ AÑOS SIN VISITAS…”

Después me dijeron que “Huesito” fingía estar enfermo para pasarla mejor, aunque otros afirmaban que, por alguna razón, había sido “asilado” entre los enfermos. Pensé que podía ser botón o delator, pero mantuve el contacto porque lo que necesitaba era aliados. No tardó mucho en integrarme al resto, pero solo me presentó a los suyos… A Fierro lo habían punteado en el hígado, Asdrúbal era el de la parálisis de un lado del cuerpo y cara (“Está hemipléjico y habla gangoso”, decían a las risas, desfigurando el rostro y poniendo voz nasal), Morales era operado de hernia, el “Pico” tenía cáncer, y Techerita no era del pabellón pero hacía la fajina.

Ese viernes había visita, pero yo no estaba en la lista. Todos fueron llevados a ver a sus familias, incluso los más postrados, que estaban en camas con ruedas y eran trasladados a la sala de encuentro. Me quedé solo, con Techerita que estaba limpiando los pisos. También le decían el “galgo” porque era el campeón de maratón intercárceles. Nadie le aguantaba el paso. Uno de aquellos días llegué a verlo entrenar en torno al patio grande del penal y realmente era veloz.

“¿No tiene visita usted, Techera?”, busqué conversar.

“Diga Techerita, nomás, como todos… Y no, no tengo”, dijo mientras trapeaba con un lampazo.

“¿Hace mucho?”, agregué con timidez.

“Diez años… Más de diez acá…No he recibido visita alguna…”, contestó parco.

No supe cómo continuar la conversación y, ante mi silencio, terminó el trabajo y se fue. Quedé realmente bajoneado. Pensé en lo qué sería sentir por años la soledad que en aquellos momentos, muy superficialmente, sentía… Me quedé muy angustiado. Al punto, que no le pude responder al “Huesito” cuando volvió de la visita y me convidó con una galleta malteada…

“¿Qué le pasa? ¿Qué lo puso así?”, preguntó con aparente interés.

“Nada… Hablé con Techerita… Me contó que no ha recibido visitas en diez años…Y me quedé mal…”

“¡¿Y qué quiere?!… ¡Si mató a la madre, al padre, a la hermana y al perro!”, gritó con una carcajada, “¡¿Que los visiten, quiere?!… ¡Si no dejó a ningún familiar vivo!”, rió hasta lagrimear.

 

LOS “FINITOS” DEL “HUESITO”

En el pabellón hospitalario los internos debían permanecer dentro de la cama. Dependía de quién estaba en la guardia para que se cumpliera o no. Yo seguía a la mayoría por imitación. Si se sentaban, se paraban o se levantaba, los seguía. Y apenas se podía, volvía a caminar el trillo de pared a pared para calmar mi ansiedad. Maldije al maldito escupitajo que tuve que arrancar para hacer la baciloscopía, porque me había provocado unas ganas insoportables de fumar…

Sólo quería cigarrillos. Fumabamos "finitos" armados con colillas usadas.Sólo quería cigarrillos. Fumabamos “finitos” armados con colillas usadas.

Aunque no le permitieron visitarme, Sara había logrado hacerme entrar una muda de ropa y abrigo, también algunas cosas para comer y beber, pero -obviamente- a mi esposa no le dejaron mandarme cigarrillos como yo hubiera querido. Supe que tendría su visita el domingo, pero para eso faltaban dos días. Estaba muy estresado y, sobre todo, tenía un muy mal humor. La falta de nicotina amenazaba provocarme un ataque de abstinencia.

“¿Juega cartas?”, me volvió a integrar el “Huesito”. “Por jugar, nomás, sin apuestas de nada… No podríamos pagarnos”, aclaró mientras me convidaba con un “finito” de tabaco armado.

“¿Qué juegan?”, dije, mientras encendía y pitaba profundamente, acercándome al resto con cautela (“Huesito” me provocaba desconfianza).

“La escoba”, contestó otro que estaba acostado, quien dejó ver que en sus manos tenían unas pequeñas barajas de cinco por tres centímetros, dibujadas a mano, sobre la cartulina de un cuaderno.

Acepté. Jugué un rato y perdí, como correspondía. El que me quería conocer era Fierrito. Estaba vendado del lado derecho y le costaba moverse, pero era un hombre de cincuenta y tantos, de complexión fuerte, que parecía ser un jefe de algo, al que los demás respetaban. Quizás ex policía.

No hubo una conversación profunda. No me sentí incómodo. Tuve malestar estomacal… Es que en el banco de madera que se utilizaba como mesa de naipes, también había una lata de sardinas que usaban de cenicero. Se habían quedado sin tabaco y de ahí sacaban las colillas, algunas carbonizadas y otras aún húmedas, para armar nuevos cigarrillos con papel de diario. Uno de esos, era el “finito” que yo me estaba fumando…

El Hotel Sheraton se eleva donde estaba el Hospital del Penal de Punta CarretasEl Hotel Sheraton se eleva donde estaba el Hospital del Penal de Punta Carretas

 

SABEMOS QUE ESTÁS ACÁ…”

El domingo por la mañana, en el pabellón se apareció un cura, acompañado de otros dos que más que files parecían guardaespaldas. Era la guardia de la mañana donde había un suboficial joven que obligaba a los presos a permanecer en la cama. “Si están enfermo, a la cama. Si no están enfermos, a la celda”, decía en voz alta. Con sus dos acólitos a los lados, y el suboficial y un guardia detrás, el cura comenzó a dar una suerte de misa desde la entrada del pabellón.

Finalizado el sermón (desde el fondo yo no escuchaba mucho lo que decía), comenzó a recorrer cada una de las camas dando una especie de bendición a cada postrado. Solo pude escucharlo cuando se acercaba a mi cama…

“¿Qué es lo que padeces, hijo mío?”

“Hernia umbilical”, le respondió el morocho Morales que tenía una voz muy potente y resonaba en la sala.

“El cuerpo de Cristo baje en ti…”, arrancó a orar el sacerdote a la vez que ponía su mano sobre las vendas en la panza del preso.

“¿Qué es lo que padeces, hijo mío?”, le dijo al siguiente.

“He… mi… ple… jía”, se esforzó a hablar Asdrúbal, mientras en frente, el “Huesito”, tentado, aguantaba la risa para no ser sancionado…

“El cuerpo de Cristo baje en ti…“, y siguió su oración mientras colocaba su mano en la cabeza del doliente.

– “¿Qué es lo que padeces, hijo mío?”, me preguntó.

“Vilipendio”, respondí con picardía… Me miró serio y por lo bajo  preguntó “…¿el periodista?”. Moví afirmativamente la cabeza y el cura metió su mano bajo el cuello de mi polera de lana, donde sentí que dejaba un papel, a la vez que rezaba…

“El cuerpo de cristo baje en ti…. Pedí ir al baño, leélo y después rompélo”, murmuró mientras comenzaba a recorrer las camas de retorno.

Le pedí al suboficial para ir al baño. Me autorizó, pero me acompañó el soldado. Pude meterme a orinar frente a la tasa turca y miré para atrás desautorizando al guardia que giró. Pude sacar el papel de mi cuello. Era una esquela que decía: “Sabemos que estás acá. Fuerza compañero. Cualquier cosa pídela al cura” y firmaba: “Capitán Pedro Aguerre”. Sabía que era uno de los oficiales del General Seregni, porque yo ya tenía contacto con los socialistas en clandestinidad. Su mensaje me fortaleció. Tiré el papel por el caño y cuando salí, el cura terminaba su recorrida…

“Cigarros… solo quiero cigarrillos”, pude decirle a la pasada al cura, quien me miró sorprendido. Hacía dos días que estaba en aquel pabellón donde solo había podido pitar a escondidas aquellos babosos cigarritos armados que me había convidado y acepté, sin pensar si ellos estaban enfermos, como tampoco ellos lo pensaron de mí…

 

El entonces capitán Pedro Aguerre era uno de los militares demócratas encarcelados.El entonces capitán Pedro Aguerre era uno de los militares demócratas encarcelados.

LA SOLIDARIDAD DEL TABACO

Me costó entender cuál era la razón del griterío que me despertó a la mañana siguiente. Desde mi cama, pude ver a un hombre bajo, robusto, de pelo blanco y lacio, con lentes de armazón negro y mameluco azul, que entraba al pabellón penitenciario provocando un escándalo.

“¡Si no le gusta la comida, que se joda!… ¡Algo hizo para estar acá!”, rezongaba.

Empezó a caminar entre las camas y, para mi asombro, se dirigía directamente hacia mí.

“¡¿Quién te crees que sos guacho de mierda?! Yo cocino con lo que hay. Que te traigan comida, que otro se va a comer lo tuyo. ¿Te crees importante, te crees?”, terminó diciéndome ya junto a mi cama sin que yo atinara a reaccionar de manera alguna.

De pronto, movió a gran velocidad su mano izquierda que metió y sacó de debajo de mi almohada. Pensé que me iba a pegar y solo pude girar el cuerpo y cubrirme…

“Te lo manda Aguerre”, me dijo en voz baja, antes de seguir insultándome mientras se iba por la puerta principal. Los guardias y los presos se apartaban de su camino, con respeto.

Todos me miraban, tan asustados como yo. Cuando recuperé el aire, toqué debajo de la almohada y sentí que había puesto una caja de cigarrillos. Espere unos minutos a que el guardia saliera y miré. Era una caja de cigarrillos Roy. Dentro tenía un Nevada y un La Paz sin filtro, un Republicana, un Galaxy, un Master azul, un Coronado y dos cigarrillos armados con hojillas Job… Ese día entendí de otra forma la palabra solidaridad.

El mensajero, era el Negro Ovidio Viñas, un argentino que había integrado famosas bandas, como la del Mincho Martincorena, en los años sesenta y terminó preso por más de 25 años en la cárcel de Punta Carretas. Protagonista de sangrientos intentos de fuga, logró escapar de la cárcel junto a los Tupamaros en los setenta y terminó integrándose al Movimiento de Liberación Nacional (MLN), para sumar años a su condena cuando volvieron a capturarlo.

El mensajero era el Negro Viñas... un delincuente convertido en tupamaro.El mensajero era el Negro Viñas… un delincuente convertido en tupamaro.

El día que fue liberado, cuando el retorno a la democracia, Viñas se terminó por casar con una mujer que vivía en frente a la cárcel y que él veía a diario desde su celda. Le decía “la coneja” porque la veía con muchos niños y no sabía que el lugar era una guardería infantil donde la mujer trabajaba. Terminaron poniendo una vinería en la calle García Cortinas casi Ellauri, esquinado con el penal en el que estuvo encerrado la mayor parte de su vida.

Creo que no llegué a tener tiempo de fumar ni una pitada de aquellos cigarrillos que había recolectado entre los presos políticos del penal. Se los terminé dejando al Huesito y sus muchachos, que lo recibieron con festivo agradecimiento. A mi me devolvieron aquel lunes a la Cárcel Central. Con los años pude escribir en Brecha una nota en la que junté a Viñas y Aguerre antes que demolieran el penal de Punta Carretas para construir el actual Shopping Center… Todavía faltaba una intensa semana antes de que nos soltaran. El juez militar analizaba el pedido de libertad condicional y comenzaba un ayuno reclamando una amnistía para Wasmen Alanís, quien agonizaba… (continuará)

 

Roger Rodríguez

(15 de julio de 2014)

 

DE LA SERIE: CRÓNICAS DE 30 AÑOS EN PERIODISMO

Primera Parte: Últimos procesados por la Justicia Militar –

HACE HOY 30 AÑOS LA DICTADURA NOS METÍA PRESOS

https://www.facebook.com/notes/roger-rodriguez/%C3%BAltimos-procesados-por-la-justicia-militar/744659688918752

Segunda Parte: Últimos procesados por la Justicia Militar II –

EN CÁRCEL CENTRAL Y LA MISIÓN DE BUENA VOLUNTAD

https://www.facebook.com/notes/roger-rodriguez/%C3%BAltimos-procesados-por-la-justicia-militar-ii/747821765269211

Nota complementaria: Tota Quinteros (La Voz, 1984)

“Lo que tiene que desaparecer es el método de la desaparición”

https://www.facebook.com/notes/roger-rodriguez/tota-quinteros-la-voz-1984-lo-que-tiene-que-desaparecer-es-el-m%C3%A9todo-de-la-desap/746589748725746