Tota Quinteros (La Voz, 1984): “Lo que tiene que desaparecer es el método de la desaparición”

3 de julio de 2014 a la(s) 1:06

CRÓNICAS DE 30 AÑOS EN PERIODISMO

 

PRIMER ENTREVISTA A TOTA QUINTEROS

PUBLICADA EN LA VOZ EN JUNIO DE 1984

“Lo que tiene que desaparecer 

 es el método de la desaparición”

El pasado 28 de junio, se cumplieron 38 años de la desaparición de Elena Quinteros, la maestra secuestrada por militares y policías uruguayos dentro de los jardines de la embajada de Venezuela cuando a gritos pedía asilo. El incidente provocó entonces la ruptura de relaciones diplomáticas entre el gobierno de Carlos Andrés Pérez y los militares uruguayos, que dos semanas antes habían destituido al dictador Juan María Bordaberry. En forma provisoria había asumido el colorado Pedro Alberto Demicheli, a quien hicieron firmar dos inconstitucionales decretos: el Acto Institucional Nº 1 por el que se suspendía la convocatoria a elecciones (y recrudecía la represión) y el Acto Institucional Nº 2 por el que se nombraba un “Consejo de la Nación” (integrado por los 25 consejeros de Estado y los 24 miembros de la Junta de Oficiales Generales) con facultades para nombrar desde al Presidente de la República, al Consejo de Estado, la Suprema Corte de Justicia, el Tribunal de lo Contencioso Administrativo y la Corte Electoral.

En ese escenario, el secuestro y desaparición de Elena Quinteros había quedado directamente relacionado con las operaciones que en el marco de la coordinación represiva del Plan Cóndor, realizaba en Buenos Aires la patota del Servicio de Información y Defensa (SID) y de la Oficina Coordinadora de Operaciones Antisubversivas (OCOA), que se había instalado en el centro de torturas Automotores Orletti, desde donde realizaba secuestro extorsivos con la banda de Aníbal Gordon. Elena Quinteros seguía viva a principios de setiembre de aquel año (fue vista en el “300 Carlos”, centro de torturas instalado en el Servicio de Material y Armamento (SMA) de la Avenida de las Instrucciones, junto al Batallón 13 de Infantería. Es probable que el destino de Elena Quinteros fuera resuelto junto al de los otros militantes del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP) que fueron ilegalmente trasladados a Montevideo en el llamado “segundo vuelo” de Orletti el 5 de octubre de aquel año…

Nada de esto se sabía hace 30 años, cuando pude publicar la primer entrevista en Uruguay a la madre de Elena, Tota Quinteros, quien en los ocho años desde la desaparición de su hija, se había convertido en un ícono de la lucha contra la dictadura uruguaya y de la defensa de los derechos humanos a nivel internacional. Entonces, todavía se alentaba la esperanza de que los desaparecidos estuvieran vivos. “Vivos los llevaron, vivos los queremos”, gritaban las pancartas. Conocí a Tota en aquellos agitados días de junio de 1984, cuando se sucedían las manifestaciones sociales, se había producido el regreso de Wilson Ferreira Alduante, desproscribían a dirigentes de grupos del Frente Amplio para iniciar las negociaciones del Club Naval y los vientos de democracia que soplaban desde Argentina, con el gobierno de Raúl Alfonsín, nos hacía creer que lograríamos la libertad, la democracia, la verdad y la justicia…

La entrevista a Tota Quinteros se publicó hace 30 años, en el segundo ejemplar de La Voz de la Mayoría, un día después que junto a Alexis Jano Ros quedamos presos en las celdas de seguridad de la Jefatura de Policía a la espera de la decisión del juez militar (seguramente algo incidió la publicación de esta nota que, además, iba acompañada por un resumen de la sentencia contra Uruguay que había difundido en esos días la Comisión de Derechos Humanos de la ONU) quien al día siguiente nos procesaba con prisión por “ataque a la fuerza moral de las Fuerzas Armadas en el grado de vilipendio”. Tota nos fue a visitar a la Cárcel Central y me regaló el libro “La muerte de Artemio Cruz” del mexicano Carlos Fuentes. Por aquella nota la Federación de Jornalistas Profesionales de San Pablo me otorgó aquel año una mención de honor del Premio Vladimir Herzog. Con los años, tuvimos una linda y cariñosa amistad con Tota, incluso compartimos tareas en el semanario “Compañero” cuya Secretaría de Redacción ejercí durante un tiempo. Tota falleció el 7 de enero de 2001, a los 82 años de edad, sin saber cuál fue el destino de su hija… Esa es una deuda que todos tenemos.

Ahora, al releer aquella larga entrevista (que transcribo al pie), vuelvo a encontrarme con aquellos días de censura en los que teníamos que mantenernos muy formales en las preguntas (nos tratábamos de usted) y donde llegaba a ser un tema de seguridad personal el cuidado en la desgrabación de una nota y, particularmente, su edición, para que dijera lo que debía decir, sin poner tampoco en riesgos al entrevistado. En realidad, en esta entrevista ninguno de los dos se cuidó y Tota habló directamente de cosas totalmente prohibidas como calificar de secuestro y desaparición el caso de su hija, denunciar las torturas que había sufrido y toda la farsa montada internacionalmente. Si no íbamos presos por la otra nota, hubiéramos terminado tras las rejas por ésta… Pero también me encuentro con algunos conceptos que entonces dijo Tota Quinteros. Palabras que siguen siendo muy válidas y sobre las que deberíamos reflexionar. Cuando le pregunté si tenía esperanzas de reencontrar a su hija, me contestó:

“Tengo esperanzas, porque si no tuviera esperanza -y creo que en mi caso están todos los familiares de desaparecidos- no tendríamos fuerzas para luchar. Uno tiene que luchar con esperanzas, si no no puede… Pero, le quiero decir una cosa: Mi lucha empezó por Elena y, bueno, por supuesto es mi hija y yo quiero saber dónde está, pero hoy no es mi lucha sólo por Elena. Lucho para que aparezcan todos los desaparecidos y que todas las madres sepan qué ha pasado con sus hijos. Buscamos  primero que se nos diga qué ha pasado con ellos, pero también nuestra lucha va más allá, y es que no pase más esto de las desapariciones. Que no tenga que vivir el pueblo uruguayo o los distintos pueblos del mundo esto que nosotros estamos viviendo ahora. Lo que tiene que desaparecer es el método de la desaparición. Y esto es una lucha de todos los que han vivido en regímenes similares en América. Nuestra lucha no es sólo por el hermano, el hijo o el padre, es por todos. Para que aquellos que han desaparecido de sus familias puedan seguir estando y se llegue a vivir en libertad y justicia. Ese es el anhelo de todos nosotros.”

La pregunta sigue siendo dónde están, y es el Estado el que debe dar la respuesta.

Roger Rodríguez

(2 de julio de 2014)

——————————————————————————————————————

(Entrevista publicada en el semanario LA VOZ de la Mayoría el 28 de junio de 1984)

A EXACTAMENTE 8 AÑOS DEL SECUESTRO, HABLA LA MADRE DE ELENA QUINTEROS

“Yo quiero saber dónde está mi hija”

María del Carmen Almeida de Quinteros es la madre de Elena Quinteros, la joven maestra cuya detención en la embajada de Venezuela provocó la ruptura de relaciones entre ese país y el gobierno uruguayo. Hoy se cumplen exactamente 8 años de esos hechos y continúa su lucha por saber qué ha sucedido con su hija, cuya situación de “desaparecida” fue reconocida por el representante uruguayo ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ginebra. La Sra. Almeida de Quinteros es también la presidenta de la “Agrupación de Familiares de Uruguayos Desaparecidos” (AFUDE) que desde Francia ha recogido testimonios, investigando los casos denunciados. También es representante de esa asociación ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU como participante no gubernamental y con voz en el plenario de las Naciones Unidas. En julio de 1983 el Comité del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de la ONU concluyó que la desaparición de Elena Quinteros incumbe a las autoridades del Uruguay cuyo gobierno debe tomar medidas para establecer la suerte que la misma corrió desde el 28 de junio de 1976. Ahora, la Sra. de Quinteros -radicada actualmente en Argentina- viajó a Montevideo para presentar ante la Justicia Civil un recurso de “habeas corpus” por su hija. Durante su visita, concedió una extensa entrevista a LA VOZ donde habló de su hija, explicó su caso y su lucha, iniciada en una mañana de invierno de hace ocho años…

por Roger Rodríguez

– ¿Cuándo se entera de la orden de captura sobre su hija, Elena Quinteros?

– El 8 de mayo de 1975. No recuerdo exactamente cuáles eran los cargos. No fue requerida, digamos, oficialmente. Nunca la pidieron por la televisión, por ejemplo. A ella la fueron a buscar a casa. Inclusive se vio ahora, después que empezaron a negarlo, que ella estaba requerida desde esa fecha. El requerimiento es por sediciosa, como dicen ellos, por estar en contra del gobierno. Ella había sido apresada en el 69, estuvo presa ese año y le dieron “asistencia a la subversión”.

– ¿Qué hace Elena Quinteros desde su requerimiento hasta su detención?

– Ella siguió en Montevideo y como todos los que son requeridos, trató de pasar desapercibida y lo logró hasta junio del 76.

– ¿Cómo se produce su detención?

– Tenemos que remontarnos al 24 de junio de 1976, cuatro días antes de lo de la Embajada de Venezuela. A Elena la fueron a buscar a su casa, porque tuvieron conocimiento de dónde vivía por intermedio de otras personas que habían sido apresadas. No me pregunte dónde era… sé que era en Pocitos porque después salió un comunicado, pero yo no sabía dónde estaba. No le voy a decir que de vez en cuando no nos viéramos en la calle o en un café  pero muy de cuando en cuando y sólo cuando ellas avisaba. A ella la detienen y según testimonios de los que tengo conocimiento, la llevan al “300 Carlo”, un establecimiento militar que creo que queda por Instrucciones. Y según los mismos, desde ese mismo día la empiezan a torturar. Al cuarto día, ella les dice que tiene un encuentro con un compañero en Bv. Artigas entre Rivera y Canelones. Lo creen, la llevan a las inmediaciones y la hacer bajar en Bulevar y Rivera. Ella camina por la vereda y ellos la siguen en un coche, un Volkswagen verde, que después en un comunicado oficial fue pedido a la población por las Fuerzas Armadas. Cuando llega a la esquina donde estaba la Embajada de Venezuela -ahora funciona allí el consulado de Brasil-, ella entra en la casa anterior, trepa un muro que separaba la casa con la embajada y salta adentro de la Embajada, en el jardín, pero ya en territorio venezolano. En ese momento empieza a gritar: “Asilo político” “Yo soy Elena Quinteros” y salen tres funcionarios de la Embajada, pero ya habían entrado los que la tenían detenida y empieza un forcejeo. Los dos policías que estaban en la puerta no impidieron el acceso a los otros y no intervinieron. Después se supo que les dijeron “Operativo Militar” y entraron. Al final dejaron en el suelo a los de la embajada y sacaron a Elena de los pelos. Uno de los funcionarios después me contó que todavía tiene un zapato de Elena que quedó en sus manos cuando, desesperado, trataba de evitar que se la llevaran. Afuera, estaba el Volkswagen a contramano y la metieron adentro. Un funcionario se puso adelante del coche, pero casi lo arrollan. Este señor después me contó el lamentable estado en que estaba Elena a la que se le notaban lastimaduras en la cara y deplorables condiciones físicas. Después, un vecino le dijo al embajador que a las cuatro cuadras los estaban esperando una camioneta del Ejército y que la subieron y se la llevaron… Desde entonces estos hechos fueron negados…

– ¿Existen testigos de la detención de su hija?

– En el año 80, una compañera de Elena, que fue apresada en esa época  más o menos, y que después estuvo presa en Punta de Rieles, fue a Francia y me hizo un testimonio escrito. Allí cuenta que en agosto del 76 fue llevada también al “300 Carlo” y que estando allí sintió los gritos de Elena que decía “¡Por qué no me mataron, por qué no me mataron!”. Le reconoció la voz porque eran compañeras de magisterio y militaban juntas. Esta chica cuenta que desde agosto hasta octubre del 76, Elena estuvo en ese lugar y sufría constantes apremios. La testigo cuenta que en una ocasión pudo verla. La tenían tirada en un colchón, rodeada de autos viejos, era como un depósito de autos, y lo que le llamó la atención es que venía la guardia y le preguntaba constantemente a los que la estaban custodiando cómo estaba Elena de salud… Esa fue la última noticia que tengo de ella.

-¿Hay otros testimonios?

– Si, el de un par de uruguayos asilados que estaban en ese momento en la embajada y el de los funcionarios venezolanos. Uno de los asilados, reconoció al militar que sacó a Elena de la embajada, a quien le decían “Cacho” y que es sobrino de un ex inspector de la Policía.

– ¿Cómo se produce la reacción diplomática?

– La reacción fue muy buena en el sentido de que la embajada siempre exigió que mi hija fuera entregada a Venezuela. Una de las razones que después dio Giambruno en la ONU fue la de que todavía no se había concretado el asilo diplomático cuando la detuvieron y también negó que la hubiesen apresado dentro de la Embajadas. Según tengo entendido, se presentó una protesta ante la cancillería y al final se decidió romper relaciones diplomáticas hasta que no se dieran explicaciones por lo de Elena.

– ¿Cómo era Elena? ¿Cuándo nació? ¿Dónde estudió? ¿Dónde trabajaba? ¿Cómo eran las cosas antes de todo esto? Hábleme de su hija…

– Nació el 9 de setiembre de 1945. En el momento en que la secuestraron iba a cumplir 31 años y ahora debería tener 38… Elena, los primeros años de escuela y liceo los hizo en un colegio particular, en las Dominicanas de la calle Rivera. Después estudió y se recibió de maestra a los 20 años… No sé qué decirte, puede ser que yo hablo como madre, pero ella era una buena mujer. Tenía un carácter alegre, era cariñosa y muy amante de los niños. Ella primero dio clases como suplente en la escuela de “Poquitos” por Las Piedras. Después dio concurso en Canelones, porque tenía interés en la escuela rural. Ganó un puesto en la Escuela del Hipódromo de Pando. No me pregunte el número ni el nombre de la Escuela, porque no lo recuerdo. Le puedo decir, para mostrarle cómo era Elena, que cuando le faltaba un año para recibirse, falleció mi esposo. Inmediatamente, una persona amiga le ofrece un puesto en un colegio de preescolares y aceptó. Lo que le quiero explicar, es que ella terminó el magisterio trabajando y estudiando, manteniéndome a mí, porque habíamos quedado en una situación económica bastante mala. Cuando la detienen en el 69, tenía 24 años y cuando la soltaron, la reintegraron a la escuela y fue recibida con alegría por padres y alumnos que la querían mucho. Estuvo detenida en Cabildo. Cuando se produjo la fuga por la Iglesia ella no se fugó y con las otras tres que quedaron la trasladaron a la Cárcel Central hasta octubre del 70, cuando fue liberada. Cuando la detienen, con grandes titulares los diarios ponían que había sido apresada una tupamara -pero no era cierto, ella no era tupamara- y en la escuela había gente que lloraba y decía “Cómo nos pueden decir a nosotros que es tupamara, cuando mis hijos, si estuvieron abrigados en invierno, fue por la maestra y si comieron un plato de comida caliente, fue por la maestra”. Quiero decir, que ella también se daba a los demás. Recogía ropa por el barrio, yo la lavaba y la planchaba y después en bolsones que apenas podía subir al ómnibus los llevaba para los chicos. Uno de los motivos que a Elena la reafirmó más en sus ideas y en su lucha, fue precisamente ver la pobreza de esos niños en la escuela. Una de las primeras cuestiones que vivió en esa escuela, fue un día que se encontró a uno de sus alumnos llorando y quejándose que le dolía el estómago, ella recién salía del Instituto y en la escuela había comedor. Se preocupó tanto que estuvo a punto de llevarlo al hospital, entonces una maestra con más experiencia le mandó un papelito y le dijo: “Elena, no lo olvides: sábado y domingo sin comer”. Es decir, el chiquito había comido el viernes en la escuela y no volvía a comer hasta el lunes. Cuando lo entendió, lo llevó a la cocina, le hizo un café con leche, le dio pan y se le fue el dolor… Cosas así fueron las que la llevaron a esa lucha que ella entendía como de un derecho humano…

– ¿Que hizo Ud. luego de la detención de Elena?

– Lo primero que hice fue tratar de salir del Uruguay, porque Elena me había dicho que cualquier cosa que pasara yo no me quedara. Me fui para Argentina y a través de la ONU me refugié en Suecia con documentación de las Naciones Unidas, porque cuando me fui no saque nada de mi casa. En Suecia empecé a hacer denuncias por el caso de Elena, pero me di cuenta que más de estar bien en Suecia y hacer unas cartitas, no podía hacer mucho y yo no había ido a Europa para no hacer nada. Entonces me fui a Francia y con un grupo de familiares de uruguayos desaparecidos formamos una agrupación, la AFUDE (Agrupación de Familiares de Uruguayos Desaparecidos). Desde entonces hemos luchado no solo por nuestros familiares, sino también por los desaparecidos en Argentina, en Paraguay y en Uruguay. Con la agrupación realizamos investigaciones, recogemos testimonios y luchamos durante 8 años. Nos organizamos para asistir a todas las reuniones de Derechos Humanos en Ginebra. Con nuestros testimonios llegamos a los distintos representantes de los países participantes y les contamos, uno a uno, nuestra situación y la de nuestro país. Obtuvimos finalmente resultados, haciéndonos escuchar y logramos ingresara a los plenarios como representantes de una organización no gubernamental, con voz, aunque sin voto. Desde el año 80 yo concurro en representación de AFUDU a todas las reuniones de Ginebra.

-¿Consiguió nuevos datos sobre su hija en ese período?

– En marzo del 79 en Ginebra, Giambruno -que era el representante uruguayo en Naciones Unidas- se me acercó y me dijo que Elena había sido efectivamente tomada presa y que aún la tenían y que un mes después habría novedades sobre ella. Todo eso coincidía con la elección de Herrera Campis en el gobierno venezolano y rumores de volver a establecer relaciones diplomáticas con Uruguay. Pero no sucedió nada. Al año siguiente, después de hablar sobre los desaparecidos dije en las Naciones Unidas lo que me había dicho Giambruno. Cuando terminé de hablar, él pidió la palabra y dijo que sí me había hablado pero en un tono personal, compadecido por mí y negó que me hubiera dicho que Elena aparecería en un mes. Ese año había viajado a América, estuve en Estados Unidos y me llegué a entrevistar con el embajador en Washington, que era el Brigadier Pérez Caldas. También estuve en Venezuela y tuve contacto con Herrera Campis y otros dirigentes políticos, incluso el actual presidente Lusinchi. En 1980 en Naciones Unidas se formó el grupo de trabajo que funciona en forma similar al del Pacto de Derechos Civiles y Públicos. Recibe las denuncias y elabora informes que son entregados a los gobiernos para que respondan sobre los mismos. Después, esas respuestas son publicadas y nosotros podemos dar nuestra versión de los hechos y finalmente la comisión hace conclusiones. En 1982, Giambruno reconoció la existencia de 4 desaparecidos, que son: Julio Castro, Eduardo Bleier, el escribano Miranda y Elena Quinteros. Esto fue un avance, porque por primera vez, aún cuando se deslindan responsabilidades, se reconoció la desaparición de personas. Y en 1983, la comisión se pronunció contra el gobierno uruguayo en el caso de mi hija”.

-¿Ahora viajó a Montevideo para presentar un “habeas corpus” por su hija?

– El año pasado yo vine a Montevideo por primera vez desde el secuestro, acompañada por unos diputados brasileños y estuve cuatro días, pero no pude ponerme en contacto con mucha gente. Sin embargo, pude llegar hasta la Casa de Gobierno y al Ministerio del Interior. En la primera, me recibió la secretaria del secretario del Presidente y en el Ministerio ni siquiera el secretario nos recibió. En ese momento surgió la posibilidad de hacer un recurso de “habeas corpus”, pero recién lo pudimos hacer este año, con los datos últimos de la resolución que tomó el Comité del Pacto de Derechos Civiles y Políticos que es parte de la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra.

-¿Qué esperanza tiene de reencontrar a su hija?

– Tengo esperanzas, porque si no tuviera esperanza -y creo que en mi caso están todos los familiares de desaparecidos- no tendríamos fuerzas para luchar. Uno tiene que luchar con esperanzas, si no no puede… Pero le quiero decir una cosa. Mi lucha empezó por Elena y, bueno, por supuesto es mi hija y yo quiero saber dónde está, pero hoy no es mi lucha sólo por Elena. Lucho para que aparezcan todos los desaparecidos y que todas las madres sepan qué ha pasado con sus hijos. Buscamos  primero que se nos diga qué ha pasado con ellos, pero también nuestra lucha va más allá, y es que no pase más esto de las desapariciones. Que no tenga que vivir el pueblo uruguayo o los distintos pueblos del mundo esto que nosotros estamos viviendo ahora. Lo que tiene que desaparecer es el método de la desaparición. Y esto es una lucha de todos los que han vivido en regímenes similares en América. Nuestra lucha no es sólo por el hermano, el hijo o el padre, es por todos. Para que aquellos que han desaparecido de sus familias puedan seguir estando y se llegue a vivir en libertad y justicia. Ese es el anhelo de todos nosotros.

 

(Semanario LA VOZ de la Mayoría, Año 1, Nº 2, jueves 28 de junio de 1984)