El “Teniente Tamús” dice que militó en la Juventud Uruguaya de Pie (JUP) y trabajó para la Agencia Internacional de Desarrollo (AID). Luego integró un grupo paramilitar llamado Garra 33 y, finalmente, se sumó a esta “agencia secreta”, denominada Grupo Gamma, donde actuó antes y después del régimen militar.
Señala a un médico forense como responsable del asesinato de la esposa de Mario Heber, indica que existió una “Base Arenal” –cuya ubicación se negó a proporcionar–, donde existió un horno en el que fue incinerado, entre otros, el cuerpo de la maestra Elena Quinteros. Afirma, también, que realizaron seguimientos del coronel José Nino Gavazzo, a quien planearon matar.
Barreiro Neira ocupó los titulares de prensa brasileños cuando pidió para declarar ante la comisión del Parlamento brasileño que estudia la muerte del ex presidente João Goulart, denunció a la Policía civil brasileña por su relación con una red de delincuentes y envió una nota al prefecto de Chui, Mohammad Kassem Jomaa, alertándolo sobre eventuales atentados contra la colectividad árabe.

Un “agente” que nació de la JUP

(Neira Barreiro esperaba la visita en una sala especial de la prisión, a la que se accede luego de pasar dos guardias y cuatro rejas. Sentado en un banco de estudiante, con el brazo derecho sobre el posatextos, trataba de ocultar las anchas esposas de metal. Parecía a punto de rendir un examen ante quien se sentara al frente del escritorio de cármica. Se sorprende por la presencia de un periodista uruguayo. Sólo esperaba al colega Humberto Trezzi, de Zero Hora, quien había gestionado ante las autoridades carcelarias el encuentro con LA REPUBLICA.)
–¿Cómo se presentaría ante los lectores uruguayos?
–Eu soy un uruguaio que participó en una época muito oscura de nostro país. Eu fui escogido pra ser parte dos servicios secretos…(empieza en un trabado portuñol y se interrumpe). Preferiría hablar en castellano, aunque hace tiempo que no hablo en mi lengua con alguien.
–No es problema, al contrario.
–Digamos que yo estuve durante un largo tiempo prestando servicios para el Estado. Sólo que esos servicios no eran del todo conocidos, por ser sigilosos. Y tomé conocimiento de innúmeras cosas que tampoco condicen con los procedimientos que el Estado debería realizar.(Habla en un tono casi doctoral, al forzar la traducción de palabras de uso común en portugués.)
–¿Esos servicios eran policiales o militares?
–Bueno, la función de agente secreto de un organismo de inteligencia es una función de Estado y en él puede haber individuos naturales del Ejército, de la Policía o simples civiles que tienen algún tipo de conocimiento que le presta utilidad al servicio. El servicio secreto está compuesto por un grupo muy heterogéneo de personas a las que se elige por sus características.
–¿Usted por qué fue “elegido”?
–Yo entonces estaba estudiando segundo año en el Liceo Bauzá, empecé a actuar con algunas organizaciones y fui llamado a participar en el Grupo Gamma por el año 1972.
–¿Qué organizaciones integró antes de ese Grupo Gamma?
–Para suerte o para desgracia, estuve afiliado a la Juventud Uruguaya de Pie. Me afilié a la JUP porque tenía un par de compañeros de clase que como me vieron con una camisa negra que me habían regalado, creyeron que yo era parte de ellos. Me propusieron afiliarme y me afilié. Después, la JUP se fortaleció en el trabajo con la Alianza para el Progreso y me mandaron hacer pesquisas sobre la opinión política de la población. Ahí ganaba buen dinero y tenía un trabajo lícito haciendo encuestas. (Por momentos Barreiro Neira deja el castellano para seguir hablando en portugués y sólo vuelve a hablar en español cuando se le interrumpe con preguntas.)

El Garra 33 de Campos Hermida

–¿Su familia tenía tradición política?
–No hubo influencia de mi familia. Ninguno era de ultraderecha. Mi padre, incluso, era simpatizante del Partido Comunista. Yo no tenía definiciones políticas. Me afilié a aquella organización estudiantil como quien se afilia a Peñarol o a Nacional. Después, un compañero de liceo de apellido Petrópulos, que tenía un pariente que trabajaba en la Embajada (se refiere a la de Estados Unidos), me dijo si quería ganarme un dinero y… ¡claro que quería! Mi familia no era rica. Así que empecé a hacer trabajos políticos para la AID.
–¿Usted sólo hacia sondeos de opinión?
–No. También me integré a un grupo paramilitar en el que estuve poco tiempo, porque yo pensaba una cosa y me encontré con otra. Era el Garra 33, un grupo de ultraderecha armado, muy reducido, que según me habían dicho estaba para combatir a la guerrilla. Me encontré que en lugar de combatir la guerrilla, lo que hacían era atacar trabajadores en conflicto, dar palizas, hacer atentados y otras cosas. Yo quería combatir a la guerrilla que quería adueñarse del país a tiros, frente a frente, y no hacer eso. Vos no tenés por qué creerme y ellos pueden desmentirme, tratarme de extraterrestre o de loco, pero yo sé muchas cosas por haber estado en lo que estuve.
–Lo escucho.
–El Garra 33 preparaba personal. Había instructores militares que daban cursos.
–¿Militares o policiales?
–Eran de la Policía.
–¿De la gente de Castiglioni, en Inteligencia?
–De la gente de Campos Hermida… (Neira se arrepiente de nombrarlo y hace un gesto hacia el grabador para que no le pida más nombres “on the record”). El objetivo del grupo fue tirar unos tiros o atentar contra fachadas de domicilios particulares o golpear a un trabajador. Yo no estaba de acuerdo con ello. Me dijeron que eso era un proceso en el que me examinaban. No quise seguir allí y entonces me llamaron para entrar al servicio secreto. (Ante las miradas de incredulidad, Neira aclara.) Yo también me dije qué es eso del Servicio Secreto, que sólo conocía de las películas. Me dijeron que era la inteligencia del gobierno y que desde allí podía combatir a la guerrilla.
–¿Eso era antes del golpe de Estado?
Sí, en los preámbulos. Ahí empecé a hacer distintos tipos de cursos de capacitación. Estudie en Chile también. Yo sobre esto tengo escrito un libro de 635 páginas que no sería sencillo resumir en una entrevista. (Sobre el escritorio Neira tiene fotocopias de un manuscrito caratulado con un bosquejo de la portada de un libro que reza: “Entrevista com um reu confesso – Todas as respostas sobre o assesinato do João Goulart”. Hojea el texto, pero no nos lo entrega.)

El Grupo Gamma y la Base Arenal

–Bien, dejemos que compren su libro. ¿Participó en alguna operación que implicara una muerte o desaparición forzosa?
–No en una,
en innúmeras.
–¿Qué casos?
(Sonríe con ironía, negándose a responder.) Lamentablemente ocurrieron esas cosas y algún día quizás tenga que responder por ellas. No apreté el gatillo, no di el veneno, no hice nada personalmente, pero yo estaba en conocimiento de los hechos, porque era el que instalaba equipos de radio, intervenía aparatos telefónicos, tiraba fotografías, hacía seguimientos progresivos.
–¿Contra el Partido Comunista, en particular?
(Vuelve a sonreír.) Cuando tengan el libro verá una larga lista de atentados, secuestros, conspiraciones, etcétera, que fueron en perjuicio de la izquierda. Yo no me volví comunista ahora. No lo fui antes ni lo soy hoy. Nunca fui contra el Ejército ni contra las Fuerzas Armadas, ni estoy hoy en contra de ellos ni de la Policía. Ellos son los que mañana van a defender a mi patria contra un enemigo. Estoy en contra de aquellos que usaron sus facultades y su poder. Yo no estoy arrepentido de lo que hice. Lo hice creyendo que era algo digno. Hoy estoy decepcionado. (Por momentos, el discurso de Neira parece ensayado. Es entonces que habla portugués y busca como interlocutor al colega de Zero Hora.)
–No me queda claro el rango de ese grupo secreto del Estado del que usted habla. ¿Tenía mando militar o policial?
–Hay que explicar que cada fuerza militar tiene su servicio de inteligencia. También lo tiene la Policía. Lo nuestro era aparte. El gobierno tenía un servicio secreto propio.
–¿El gobierno de Bordaberry?
–El gobierno militar. Un servicio de inteligencia no es un servicio secreto. El Grupo Gamma por eso era heterogéneo, estaba formado por gente que provenía de todos los sectores. (Quiere gesticular, pero se lo impiden las esposas.)
–¿Tenía alguna base de operaciones?
–Tenía una sede que se llamaba Base Arenal, que era secreta. Creo que hasta ahora nadie la había nombrado. Ahí era donde se cocinaba todo. (Neira pide parar la grabación y explica en “off de record” que no está dispuesto a revelar datos y hechos que lo puedan comprometer judicialmente porque, dada su condición de civil, no sabe si está amparado por la Ley de Caducidad.)

El asesino de la esposa de Heber

–Entonces, se puede afirmar que usted integraba un Grupo Gamma, que podía considerarse paramilitar o parapolicial, pero en el que usted es consciente de que existía una dependencia directa con las autoridades de gobierno.
– Estuve en el servicio secreto uruguayo desde el año 1972, cuando tenía 17 años, y no me aparté de él hasta después de reinstaurada la democracia. Incluso en democracia continué por algunos años, porque el trabajo se incrementó. La actividad aumentó después de la transición.
–¿Usted tenía rango dentro de una estructura de mandos?
–No había una estructura de mandos tradicional. Hubo gente importante, algunos están vivos y otros muertos. A mí me pusieron como nombre de guerra “Teniente Tamús”, y con ese grado me siguieron llamando después, aunque no tenía jerarquía militar ni policial. Yo era un agente especial. Podía haber un jefe o un encargado, que también era agente. Estaba al mando pero no era mi superior. Eso no funciona así en estas organizaciones.
–Usted habla en términos conceptuales, pero no da datos concretos que puedan confirmar que ese Grupo Gamma existió. Hubo muchos casos sospechosos en esa época. Por ejemplo: ¿qué sabe del caso del vino envenenado que mató a la esposa de Mario Heber?
–Esa fue una operación en la que yo no participé, el que participó fue el doctor C. M. (Neira lo nombra, esta vez sin dudar), el médico forense al que le decían “Capitán Adonis”, que fue mi jefe en una época. En ese caso, la idea era una y ocurrió una desgracia.
–¿Eso era parte del Plan Cóndor?
–No. La Operación Cóndor no funcionó como se la conoce ahora hasta después de 1975. Incluso entonces no la conocíamos con ese nombre. Cuando se hizo la Operación Escorpión, en la que murió João Goulart, la considerábamos una extensión natural de la Operación Yacarta con la que los brasileños planearon eliminar a sus disidentes. Habían tomado el nombre de aquello que ocurrió en Indonesia cuando se barrió a un millón de personas. Apoyarse entre servicios secretos es parte de la colaboración natural entre dos estados que tenían enemigos comunes.

El “Escorpión” que mató a Goulart

–¿Usted participó en esa Operación Escorpión que, según dice, mató a Goulart?
–Sí, aunque no sé sí me incluyeron en esa operación porque hablaba bien el portugués o si fue por mis conocimientos de electrónica. (El tema llama la atención a Trezzi, quien continúa el interrogatorio en portugués. Es la oportunidad para tomarle fotografías –”siempre con la pared de fondo”, según advirtió el director de la cárcel.)
–¿Usted realizó espionaje telefónico a Goulart?
–Bueno, en un primero momento me encargué de grabar las conversaciones de João Goulart y realizar seguimientos progresivos. Era el que desgrababa lo conversado. Pero la Operación Escorpión fue una de las más largas y que duró más tiempo antes de llegar a su final. Porque fue una operación que comenzó antes de que yo perteneciera al Gamma y terminó en diciembre de 1976. Duró muchos años. Yo creo que en principio no se pensaba en la muerte de Goulart. Sólo se buscaba una vigilancia preventiva de una persona que era considerada peligrosa. La operación no era contra Goulart, sino contra varios disidentes brasileños, entre los que él era importante.
–¿Qué brasileños eran vigilados?
–Leonel Brizola era el más importante en su apartamento de Atlántida. Era el más corajudo. Estaba en contra de lo establecido y se transformaba en un objetivo que, eventualmente, podía ser eliminado.
–¿Por qué se cambió hacia João Goulart?
– No sé si en realidad se cambió. Brizola había demostrado su fuerza en el fallido golpe del 61. Brizola fue el victorioso. En 1964 fue diferente. Podíamos hablar largamente de todo ese proceso, pero no tenemos demasiado tiempo. (Neira sabe cuánto tiempo le permiten por visita. Un agente de seguridad que al principio se asomaba cada tanto a una ventana de control, ahora está fijo en ella y sigue la conversación.)
–¿Pero Goulart fue el objetivo de una operación que en principio era para Brizola?
–Había diferencias entre Brizola y Goulart. Hubo una reunión al poco tiempo de que ellos llegaron exiliados. Ellos se pelean entonces. Fue “la briga dos cuñados”. También hubo una reunión de exiliados donde se separaron más. Fue el 24 de setiembre de 1967 que hicieron aquella reunión en la calle Leyenda Patria. Pero yo entonces no estaba. Ingresé años después.
–De aquel grupo, João Goulart, Carlos Lacerda y Juscelino Kubitschek murieron en pocos meses, en forma sospechosa, al punto de que se crearon comisiones investigadoras parlamentarias sobre sus presuntos asesinatos, ¿Brizola se salvó?
–Brizola no estuvo de acuerdo con participar de aquella alianza política y quedó separado del grupo de disidentes; también quedó fuera de aquella investigación. La Operación Escorpión comenzó cuando Goulart llegó al aeropuerto. Además, Goulart siempre estaba en medio de los acontecimientos.
Era un líder para su gente, pero a la vez se metía en temas del propio Uruguay.
(La frase silencia el flash. Neira, al que no le gustaba
n las fotografías –”Estoy desprolijo, ¿me podría ir a poner una corbata?”, adujo–, devuelve el eje de la entrevista hacia el interés uruguayo.) 

Jango y el destino de Elena Quinteros

–¿En qué tipo de internas uruguayas participó Goulart?
–En el caso de la “profesora” Elena Quinteros. Usted puede pensar ¿qué tendría que ver Goulart con eso? Pero, la verdad es que cuando Quinteros fue secuestrada de la Embajada de Venezuela, Goulart terminó haciendo tratativas diplomáticas. Jango, como le decían, ya no vivía en el Parque de los Aliados y había vuelto a la casa de la calle Cannes, donde también vivía Frank Becerra, que era el embajador de Venezuela. Goulart terminó haciendo tratativas con el Ministerio de Relaciones Exteriores y con todo el mundo para que se devolviera a la “profesora” y que no se rompieran las relaciones diplomáticas.
–¿El grupo Gamma tuvo relación con el secuestro de Elena Quinteros?
–Nosotros no tuvimos que ver. Fue otro grupo de inteligencia. Nosotros veíamos lo que hacía Goulart. Pero después que Quinteros fue recapturada de la Embajada de Venezuela, nadie quería tenerla en su base porque era quemante. Nadie quería en su carcelaje a una mujer que dio origen a un conflicto diplomático internacional. El Departamento 6 de Inteligencia no sabía qué hacer con ella: allí es que intervino el servicio secreto.
–¿Adónde se supone que la llevaron?
–Ella estuvo en la Base Arenal.
–¿No fue trasladada al Batallón 13 de Infantería, al “300 Carlos”?
–No. No sé de dónde salen esos datos.
–Son datos que dieron presos que la vieron… 
–Quinteros fue detenida y cremada en la Base Arenal.
–… y que también habrían dado a la Comisión para la Paz.
–Bueno, después que acontecen los hechos cada cual puede decir lo que quiere. A ella la llevaron de un lado para el otro, hasta que se dio la desgracia de que vino a fallecer. Entonces hubo que cremar el cuerpo y eso fue hecho. Ahí el servicio secreto tuvo una participación activa, porque era el único que tenía un horno para cremar.
–¿Adónde estaba ese horno y esa base Arenal?
–Eso está en el libro. No lo voy a decir en esta entrevista. Sí le digo que por mis conocimientos de ingeniería fue que se instaló allí el horno. Después quisieron hacer otro horno en la Base Marta en la calle Amado Nervo, pero fue un fracaso, lo mismo que el grupo de policías con el que quisieron crear un Gamma institucional. El gobierno quiso legalizar al grupo, porque decían que hacíamos y deshacíamos. Eligieron 14 miembros de servicios de inteligencia y le dieron una estructura. Fue un error. Un servicio secreto no puede ser de conocimiento público. Hicieron una base, a semejanza de Automotores Orletti. Consiguieron una fábrica de café abandonada que era propiedad de un coronel, e instalaron allí la Base Marta. Quisieron poner la casa en orden. Eso fue por el 80 o el 81. Llamaron al capitán (Ricardo) Medina Blanco y lo pusieron a cargo de ese equipo
–¿Por más que insista no me va a decir adónde estaba la base Arenal?
–No. (Neira juega con sus secretos. No cuenta todo lo que sabe. Es lo que lo transforma en un preso especial, con una connotación “política” que, quizás, podría utilizar cuando deba enfrentar el pedido de extradición uruguayo.)
–¿Conoció una base Valparaíso cerca del zoológico de Villa Dolores?
–Hablé por radio con una base con ese nombre pero tenía entendido que estaba cerca de la estación de trenes, por la calle Valparaíso. Conocí la base Lima Zulú que tenía Campos (Hermida) por Lezica, el “300 Carlos” que estaba en el 13, la base Rosen que nunca la vi, la de la calle Ismael en Punta Gorda… hubo muchas bases.

“Hubo planes para matar a Gavazzo”

–Antes de la muerte de Goulart, hubo otros casos importantes. En mayo de ese 1976 fueron asesinados Zelmar Michelini y Gutiérrez Ruiz, y desde junio comienza a operar Automotores Orletti como base para captura de extranjeros en Argentina.
–¿No fue antes de junio que funcionaba Orletti? (Pregunta con tono ingenuo.)
–Por lo que se sabe, posiblemente hubo una base anterior, pero Orletti se ocupa luego de firmar el contrato el 1º de junio.
– No sé… (Pasa a ser enigmático.)
–¿Pero sabe de la serie de traslados clandestinos de prisioneros a Uruguay, los que vinieron en avión en junio y un segundo vuelo en octubre?
–Yo sólo supe de un vuelo, el que se hizo antes de mi cumpleaños, que es el 8 de agosto. Lo que tenía entendido es que a otro grupo los trajeron luego por Mercedes. Pero puede haber habido otros traslados, nosotros no estábamos en ese tema. Sí sé cosas de Gavazzo, porque él era objeto de nuestra vigilancia. (Vuelve a proponer el tema.)
–¿Por qué vigilaban a Gavazzo?
–El gobierno estaba sabiendo lo que hacía Gavazzo. El fue utilizado y en varias oportunidades, escuche lo que estoy diciendo, el servicio secreto pensó en matar a Gavazzo. El iba al frente, no mandaba a los soldados, ese coraje le daba una jerarquía extra a su mando. Enfrentaba a un general o podía ponerle un revólver en la cabeza. Eso lo hacía peligroso. (El guardia de seguridad habla con otros guardias. Se hace evidente que la entrevista debe finalizar.)
–¿Ese servicio secreto supo lo que ocurría con los desaparecidos?
–Todo el mundo sabía lo que pasaba con los desaparecidos. Eso era un invento. Sabíamos que los desaparecidos habían muerto. O fueron ejecutados o murieron en el interrogatorio o en una “troca” de tiros. Se decía que estaban fugados, pero estaban bajo tierra.
–¿Sabían dónde estaban los cementerios?
–Es algo complicado hacer afirmaciones de eso. Yo no sé todo, sé parte.
–¿Sabe si hubo una Operación Zanahorias, dirigida por el coronel Lami por la que desenterraron cuerpos de las unidades militares para hacer una tumba única?
–No supe de ella, si la hubo la hizo inteligencia del Ejército. Hubo pozos que se hicieron en distintos lados bajo la custodia del Ejército, como aquel por el Cilindro, donde estaba el cuerpo de Bomberos.
No sé que se desenterraran cuerpos. Es posible que se haya tratado de eliminar pruebas antes de que volviera la democracia. En cualquier delito se eliminan pruebas. En todo trabajo de inteligencia se evita dejar documentos, se tiene una conducta ágrafa, se evita el testimonio escrito. (Neira mira a los ojos, y calla.) *

(http://www.lr21.com.uy/politica/101844-la-confesion-del-teniente-tamus)

Buena parte de lo declarado entonces por Barreiro Neira pudo ser contextualmente confirmado, incluso el nexo que el caso podía tener con los vinos envenenados que provocaron la muerte de Cecilia Fontana de Heber en 1978.

A fines de 2002, LA REPUBLICA entrevistó por primera vez a Barreiro Neira en una prisión de Río Grande do Sul y el uruguayo, procesado entonces por asaltos a vehículos transportadores de caudales, había mencionado al mismo médico, hoy fallecido, como el responsable de ambos envenenamientos.
La identidad de Carlos Milles, se publicó bajo las iniciales “C M”, pero su nombre fue revelado por LA REPUBLICA en su testimonio ante la jueza penal de 9º Turno, doctora Gabriela Merialdo, a cargo de la causa de los vinos envenenados con que fue asesinada la esposa del dirigente blanco Mario Heber y madre del senador Luis Alberto Heber.
El nuevo testimonio de Barreiro Neira realizado en tres horas de grabación registradas por la TV Cámara del Congreso de Brasil, tuvo amplia repercusión en la prensa del vecino país y motivó a los familiares del derrocado Joao Goulart a presentar una denuncia penal para que se vuelva a investigar judicialmente el eventual homicidio. Barreiro Neira, quien operaba con el alias de guerra “Teniente Tamús”, sostiene que integraba un “equipo de tareas” que bajo el nombre de Grupo de Acciones Militares Antisubversivas (GAMA) no pertenecía a los servicios de inteligencia ni de la Policía ni de las Fuerzas Armadas, pero coordinaba con todas las agencias de espionaje.

El Plan Cóndor en Brasil

La hipótesis de que el ex presidente brasileño Joao Goulart haya sido asesinado se ha manejado desde que Brasil recuperó el sistema institucional en 1985, con la asunción del también malogrado Tancredo Neves, quien solo gobernó tres meses y fue sustituido, antes de morir el 21 de abril de ese año, por el vicepresidente José Sarney.
Las sospechas sobre el eventual homicidio de “Jango” se reavivaron en los últimos años en la medida en que se fueron conociendo los detalles de la coordinación represiva que las dictaduras del Cono Sur había llevado a cabo, bajo el nombre de “Plan Cóndor”, para eliminar a todos los líderes opositores dentro o fuera de fronteras.
También se han generado sospechas sobre los precipitados decesos de otros dos líderes opositores de la dictadura brasileña: el ex presidente Juselino Kubitschek muerto en un extraño accidente de tránsito el 22 de agosto de 1976 y el ex gobernador de Guanabara, Carlos Lacerda, fallecido por una supuesta septicemia el 22 de mayo de 1977.
El escritor brasileño Carlos Heitor Cony ha publicado estos días un extenso artículo titulado “¿Quién mató a Jango, J.K. y Lacerda? en el que asocia las tres muertes al Plan Cóndor, un tema que en Brasil ha adquirido notoriedad a partir de los pedidos de extradición del fiscal Gianccarlo Capaldo sobre 11 mandos brasileños de la dictadura.
Luego del golpe de Estado, Goulart, Kubitschek y Lacerda habían formado una organización política de resistencia a la dictadura brasileña que denominaron “Frente Amplio”. Al grupo no se sumó el ex gobernador de Rio de Janeiro, Leonel Brizola, quien exiliado en Uruguay también llegó a ser blanco de un fallido atentado.
La tres muertes coinciden con fechas de otros homicidios del Plan Cóndor: Carlos Prats (Buenos Aires, 30/09/74), el fallido intento a Bernardo Leighton (Roma, 05/09/75), Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz (Buenos Aires, 20/05/76), Juan José Torres (Buenos Aires, 02/06/76) y Orlando Letelier (Washington, 21/09/76).

El aguijón del escorpión

La “Operación Escorpión” por la que se habría dado muerte a “Jango” implicó una coordinación entre servicios de inteligencia de Brasil que operaron en Uruguay, agentes uruguayos que hicieron seguimientos y escuchas telefónicas, y represores argentinos que permitieron la ejecución en la Estancia Las Mercedes, Provincia de Corrientes.
El confeso agente uruguayo Barreiro Neira, sin embargo, no asocia el asesinato de Joao Goulart con el Plan Cóndor. En la entrevista con la televisión de Brasil, afirma que la “Operación Escorpión” era parte de la “Operación Jacarta” que tenía como antecedente la “Operación Bandeirantes” (OBAN) para el exterminio de opositores brasileños.
En el reportaje de tres horas de duración, al que accedió LA REPUBLICA, Barreiro Neira se muestra sorprendido de que uno de los entrevistadores sea el propio hijo de Goulart, Joao Vicente, director de una fundación que lleva el nombre de su padre, productora de la investigación periodística sobre su muerte desde hace cuatro años.
Barreiro Neira sostiene que en un principio sólo se realizaba un seguimiento de Goulart y el principal objetivo de control solicitado por la dictadura brasileña era sobre Leonel Brizola cuyos contactos con sobrevivientes de la guerrilla brasileña y sus conexiones con Cuba los transformaban en el principal “conspirador” de aquella dictadura.
El homicidio de Goulart, afirma Barreiro Neira, se planificó cuando los “servicios” brasileños obtuvieron información de que el derrocado presidente pensaba regresar sorpresivamente a su país. Fue entonces que se habría instrumentado la “Operación Escorpión” que implicaba envenenar al ex mandatario, Barreiro narra que un agente se infiltró en el Hotel Liberty, donde Jango se hospedaba como Michelini en Buenos Aires, se robó un medicamento para el corazón que tomaba desde que sufrió un infarto en 1974, y el médico Carlos Milles colocó en algunas cápsulas el veneno. Goulart tardó semanas en tomar la píldora adulterada, según dice.

Capitán Adonis o Dr. Muerte

El Dr. Carlos Milles, alias “Capitán Adonis”, denunciado por el confeso agente Barreiro Neira, como la persona puso veneno en medicamentos del ex presidente brasileño Joao Goulart y en las botellas de vino que mataron a Cecilia Fontana de Heber, consta como egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República.
Carlos Milles era hijo de un médico del mismo nombre que se había especializado en farmacología, particularmente en tóxicos. Su madre era pediatra oncológica del Hospital Pedro Visca. Milles se especializó como médico forense y como tal ocupó una plaza en la ciudad de Pando, según pudo confirmar LA REPUBLICA.
Los padres de Milles estaban vinculados al ministro de la Suprema Corte de Justicia, Rafael Addiego Bruno, quien ocupó interinamente la Presidencia de la República en la transición entre el general Gregorio Alvarez y el doctor Julio María Sanguinetti. Addiego le nombró entonces en el Poder Judicial, de donde luego fue destituido.
Barreiro Neira afirma que el doctor Milles ­quien también podría haber firmado certificados falsos de defunción de presos políticos muertos durante la dictadura­ habría ocupado un cargo en un hospital estatal y pretendía ser designado director del Hospital Militar.
También se pudo corroborar que, como señala Barreiro Neira, el doctor Carlos Milles estuvo domiciliado en Tomás Diago 765, y que murió en un extraño accidente al caer desde un primer piso, luego que amenazara con contar lo que sabía, al no ser designado en el puesto que exigía. Estuvo tres días con muerte cerebral.
Según Barreiro Neira, el Dr. Carlos Milles era jefe del Grupo de Acciones Militares Antisubversivas (GAMA), que comandaba con un agente de la CIA llamado “Pedro”, un general y un civil vinculados con grupos de ultraderecha. GAMA coordinaba sus acciones con el ex
comandante en jefe del Ejército, general Luis Vicente Queirolo.

Historias del Teniente Tamús

El 22 de diciembre de 2002, LA REPUBLICA publicó la primera entrevista con Mario Ronald Barreiro Neira, a quien entrevistó en una cárcel ubicada a 60 kilómetros de Porto Alegre. Barreiro preparaba entonces un libro que había titulado “Reportaje a un reo confeso ­ Todas las respuestas sobre el asesinato de Joao Goulart”.
Barreiro Neira, admitió pertenecer a la Juventud Uruguaya de Pie (JUP) cuando estudiaba en el Liceo Bauzá, dijo que fue reclutado como agente en la dictadura. Integró el grupo “Garra 33″ y pasó a cumplir servicios en el llamado Grupo GAMA. Afirma que existió una “Base Arenal” donde habría sido cremada la maestra Elena Quinteros.
Las confesiones de su libro, que nunca se editó, le permitían a Barreiro Neira adquirir un estatus político ante la Justicia brasileña que lo había detenido en 1999 bajo el falso nombre de Antonio Merelles Lopes, por su participación en asaltos a carros blindados, un frustrado atraco al aeropuerto de Rivera-Livramento y tráfico de automóviles.
Barreiro Neira tenía antecedentes delictivos en Uruguay donde lo relacionaban con una de las superbandas que actuaron en Montevideo en 1998 y habría participado en el asalto al Zoológico Municipal de Montevideo y robos a la sede de Casa de Galicia y a las oficinas de Oca y Plata Card en Paso Molino.
El ex agente casi es detenido en La Coronilla, Rocha, pero pudo fugar por el Chuy a Brasil, donde fue atrapado y cumplió una prisión preventiva de 24 meses en la cárcel de Bagé. Allí cobró fama, cuando pidió declarar ante la Comisión Parlamentaria Investigadora que indagaba la muerte de Joao Goulart.
Luego de la entrevista con LA REPUBLICA, en abril de 2003, logró escapar de la cárcel del complejo La Charqueada donde estaba y cuando volvieron a capturarlo en Porto Alegre, pudo huir nuevamente por un “error” administrativo. Por la fuga de Barreiro Neira varios policías fueron sancionados. Lo recapturaron en 2004.

Las botellas de la muerte

El impacto que el nuevo testimonio de Barreiro Neira ha tenido en Brasil cobra particular repercusión en Uruguay donde, una vez finalizada la feria judicial de enero, la jueza Gabriela Merialdo retomará la causa sobre el homicidio de Cecilia Fontana de Heber, ocurrido a fines de 1978, bajo la presidencia de Aparicio Méndez.
Tres botellas de vino blanco fueron recibidas en agosto de 1978 en el domicilio de Luis Alberto Lacalle.
El “regalo” estaba dirigido al propio Lacalle, al ex senador Carlos Julio Pereyra y al ex consejero Mario Heber. Nadie bebió entonces del vino, pero el 6 de setiembre Cecilia Fontana, esposa de Heber, probó una copa y cayó fulminada.
Merialdo tiene pedido un testimonio por exhorto a la Justicia de Brasil para que se interrogue al propio Barreiro Neira como consecuencia de sus primeras declaraciones a LA REPUBLICA en 2002, que fueron presentadas como uno de los elementos de prueba del Caso Fontana de Heber, por el abogado denunciante Javier Barrios Bove.
El propio Barrios Bove viajó a Brasil un año atrás y se entrevistó con Barreiro Neira, quien ratificó todos sus dichos a LA REPUBLICA en relación a que el médico Carlos Milles, alias “Capitán Adonis”, había sido quien también inyectó el veneno en las botellas de vino enviadas anónimamente a los dirigentes del Partido Nacional.
Una investigación periodística de LA REPUBLICA denunció que existió participación de miembros de servicios de inteligencia policiales y de agentes de la Embajada de Estados Unidos en Uruguay en aquel atentado contra la cúpula opositora blanca, con el objetivo de evitar una negociación política de salida a la dictadura.En los primeros días de febrero, la jueza Merialdo comenzaría interrogar a una serie de militares, policías y civiles, sobrevivientes de aquellos años, que podrían estar implicados o tener conocimiento sobre lo ocurrido con un homicidio sobre el que ya no existirían dudas respecto a su tipificación como terrorismo de Estado.

“UNA DESGRACIA”

– ¿Qué sabe del caso del vino envenenado que mató a la esposa de Mario Heber?
– Esa fue una operación en la que yo no participé, el que participó fue el doctor C M, (Neira lo nombra, esta vez sin dudar), el médico forense al que le decían “Capitán Adonis”, que fue mi jefe en una época. En ese caso, la idea era una y ocurrió una desgracia.

– ¿Eso era parte del Plan Cóndor?
– No. La Operación Cóndor no funcionó como se la conoce ahora hasta después de 1975. Incluso entonces no la conocíamos con ese nombre. Cuando se hizo la Operación Escorpión, en la que murió João Goulart, la considerábamos una extensión natural de la Operación Jacarta con la que los brasileños planearon eliminar a sus disidentes”.

“FUERON MATANDO A TODOS”

¿Qué tipo de composición química fue introducida para dar esa hipertensión arterial que mató a Joao Goulart?
– Fue un líquido que pusieron dentro de una especie de microondas que evaporaba agua. Quedaban algunas ampollas de un componente líquido que metían dentro de aquel horno. Después, tiraban los cristales que quedaban y los colocaban dentro de las cápsulas (…) Mi parte era la de monitoreo. Eso era el área del doctor Milles.
Ahora, cuando el Dr. Milles exigió la dirección de un hospital que le había sido ofrecida y ellos no cumplieron, dijo: “Si no me dan la dirección voy a abrir la boca y voy a contar todo lo que sé sobre la muerte de Joao Goulart y todo aquello. Ahí él fue a una casa y cayó desde un primer piso. Se suicidó. A partir de la muerte de Carlos Milles nosotros comenzamos a pensar: si hoy matan a Carlos Milles, que era el Capitán Adonis, que era todo un personaje, ¿qué va a pasar con nosotros que no somos nada? Y así fue. Fueron matando a todos. Restan pocas personas de que aquel grupo con vida. Todos murieron del corazón, de un tiro, homicidio o suicidio”.

Goyo y Gavazzo

La juez penal de 9º turno, doctora Gabriela Merialdo, citaría a principios de febrero al ex dictador Gregorio Álvarez y el coronel (r) José Nino Gavazzo, ambos procesados en la cárcel de Domingo Arena, para interrogarlos sobre el caso de la muerte de Cecilia Fontana de Heber en 1978.
El Goyo y el Nino se enfrentaron a principios de aquel año, cuando por orden del general Amary Prantl, Gavazzo publicó la revista clandestina “El Talero” donde se acusaba al entonces comandante en jefe Álvarez de negociar con los blancos. Prantl y Gavazzo fueron arrestados por el caso y pidieron la baja.
La acusación a Álvarez estaría relacionada con los rumores de sustitución del presidente Aparicio Méndez por un triunvirato integrado por el Goyo, Nicolás Storace y Federico García Capurro.
Esa “salida” se quiso evitar con los vinos envenenados que dirigidos a la cúpula del Partido Nacional provocaron la muerte a la señora Fontana de Heber.

 (http://www.lr21.com.uy/politica/294531-las-muertes-del-capitan-adonis).

En esa conexión se incluía a miembros de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (DNII) y a agentes norteamericanos que habrían tenido participación en ambos casos.

Las actuaciones policiales y judiciales en los años de la dictadura y, luego de la reinstitucionalización del país, en un Juzgado penal al que había derivado su estudio una comisión investigadora parlamentaria del Senado, dejaron una multiplicidad de “cabos sueltos” y solicitudes fiscales sin instrumentar.
Varios artículos periodísticos de distintas publicaciones y el libro “El vino de la muerte”, del periodista Alvaro Alfonso, han sembrado dudas e interrogantes que en estos años nadie parece haber querido responder, luego de una decisión de la familia Heber de no utilizar el caso como una bandera político partidaria.
Sin embargo, el veterano senador Carlos Julio Pereyra, uno de los objetivos de aquellas mortales botellas de vino, replanteó la causa judicial a través del abogado Javier Barrios Bove (hijo del ex diputado Javier Barrios Anza), quien ha avanzado en una investigación, a la que LA REPUBLICA da hoy un aporte.
El trabajo periodístico reafirma la hipótesis de que el atentado fue alentado desde la Embajada de Estados Unidos y ejecutado por miembros de la Brigada de Narcóticos de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (DNII) e implican a un funcionario policial de iniciales H. F. y una mujer de iniciales R. L.

Aquel atentado político

Sobre fines de agosto de 1978, tres botellas de vino blanco Riesling fueron recibidas en la casa de Luis Alberto Lacalle, en Echevarriarza 3374. Tenían como destinatarios al propio Lacalle, a Mario Heber y Carlos Julio Pereyra, estos últimos miembros de “triunvirato” blanco con Dardo Ortiz.
Las botellas, envueltas en papel azul, llevaban una tarjeta manuscrita que decía: “El jueves 31 al mediodía brindaremos por la Patria en su nueva etapa” y llevaba la firma “M.D.N.”. Nadie abrió las sospechosas botellas hasta el 5 de setiembre cuando Cecilia Fontana bebió una copa y murió envenenada.
Ese 31 de agosto se realizaba una sesión del Consejo de Seguridad Nacional (Cosena) en el que, según rumores políticos de la época, el régimen podía llegar a destituir al presidente de facto Aparicio Méndez y se podía nombrar un triunvirato (un blanco, un colorado y un militar) para un proceso de apertura.
En ese quinto año de la dictadura se había desatado una lucha de poder interno entre el comandante en jefe del Ejército, teniente general Gregorio Alvarez, y la logia Tenientes de Artigas, fundada por el general Mario Aguerrondo, candidato presidencial blanco, junto a Mario Heber, en 1971.
La fórmula Aguerrondo-Heber había contado con el apoyo de un grupo ultranacionalista que, con apoyo de la embajada norteamericana, había editado la publicación “Azul y Blanco”, en cuya dirección figuraba un grupo de ultraderechistas vinculados al grupo Tradición, Familia y Propiedad (TFP).
En la interna militar, el director del Servicio de Información y Defensa (SID), general Amaury Prantl, y el jefe del Departamento III del SID, mayor José Nino Gavazzo, editaron la publicación clandestina “El Talero”, donde acusaban a Alvarez de “traidor” por hacer contacto con el exiliado Wilson Ferreira Aldunate, según declararon.
Aunque Prantl y Gavazzo fueron sancionados. Aparicio Méndez continuó en el gobierno por un par de años más, cuando el propio “Goyo” Alvarez asumió el cargo de presidente. El triunvirato cívico-militar nunca llegó a concretarse y Ferreira Aldunate terminó preso en 1984 cuando regresó al país.

El lobo con el rebaño

El 20 de setiembre de 1978 el comisario Hugo Campos Hermida, jefe de la Bridada de Narcóticos de la DNII, elevó al juez letrado Juan Carlos Larrieux el Oficio Nº 211 con sus conclusiones de la investigación sobre el homicidio de Cecilia Fontana de Heber.
Nunca se aclaró por qué el caso lo tomó la Brigada de Narcótico, una dependencia financiada por el gobierno norteamericano (que también había creado la DNII) y nunca hubo un grupo policial de la División Homicidios en la investigación de un evidente asesinato.
En su informe, Campos Hermida aclaró que de todo el procedimiento fueron enteradas las autoridades policiales, quienes se hicieron presentes en el lugar: el jefe de Policía, coronel Julio César Bonelli, el jefe de día, inspector Yamandú Castro, y el director de DNII, Víctor Castiglioni, entre otros.
En la investigación se interrogó a Heber, a Pereyra, a Lacalle, a Julia Pou, al personal doméstico, a amigos y familiares, y a casi todos los vecinos (un contador que vivía junto a lo de Lacalle nunca fue interrogado) de la finca de Echevarriarza para intentar averiguar quién había llevado el vino.
En los peritajes se llegó a hacer pruebas caligráficas de decenas de mujeres que estudiaron en el Sacre Coeur, porque según el calígrafo Pedro María Achard de allí provenía la letra de las tarjetas. Hasta se hizo la prueba a personal policial de la DNII, pero sus nombres no están en el expediente.
Indagaron todas las ventas del plaguicida “Fosdrín” (dimetoxifosfinil) con el que el vino fue envenenado. Incluso a un sobrino del derechista Celio Riet, a cuyo nombre adquirió ese veneno. Riet, autor de La Orientalidad como Doctrina Nacional, quien estaba vinculado a Azul y Blanco, nunca declaró ante un juez.
Siete años después, reabierto el caso, el senador frenteamplista José Germán Arújo declaró que, según fuente propias, Celio Riet había sido ideólogo del crimen y una mujer policía la autora de las notas. Ninguno de ellos fue citado por el juez Eduardo Lombardi, quien en 1988 volvió a archivar la causa.

Datos sospechosos

En las distintas investigaciones policiales, judiciales y periodísticas se ha intentado hilvanar una serie de pistas y datos que surgen del expediente judicial, donde aparecen las actuaciones policiales, declaraciones de testigos y el trabajo de la investigadora parlamentaria. Todos hallan algo sospechoso.
El Senado marcó en sus conclusiones de 1986 que había existido una “crisis de conducción” en la indagatoria. Algunos interrogatorios recuerdan a los breves “Informes Sambucetti”, el fiscal militar que preguntó a los torturadores si habían hecho desaparecer a fulano y aceptaba el “No” de los denunciados.
El fiscal Martín Salaberry escribió: “Han transcurrido casi dos años de los hechos que ameritan estas actuaciones y es la primera intervención que se otorga a la Fiscalía del Crimen, lo que torna totalmente inoperante su posibilidad de coadyuvar en la averiguación de un ilícito de magnitud desconocida en los anales criminológicos de nuestro país”.
Sin embargo, en la perspectiva de 28 años desde los hechos no se termina de avanzar en el móvil político del homicidio, y su vinculación con los contactos que el Partido Nacional realizaba con la dictadura y con la interna que enfrentaba a supuestos “aperturistas” y “duros” en las Fuerzas Armadas.
A principios de 1978 se había producido un fuerte choque entre la Armada Nacional y el Servicio de Información y Defensa (SID) por la detención de un par de dirigentes montoneros y los poster
iores operativos de captura contra opositores a la dictadura en Argentina y Uruguay.
A esos enfrentamientos se sumaba el que sostenían los Tenientes de Artigas con el comandante del Ejército Gregorio Alvarez, quien luego de suscribir la Orden Nº 77/77 por la que el mando se responsabilizaba de violaciones a los derechos humanos, comenzó a evidenciar una sospechosa ambición políticas.
En ese marco puede entenderse el ataque que Prantl (otro hombre cooptado por Estados Unidos) realizó contra Alvarez a través de “El Talero” en los meses de mayo y junio de aquel 1978, poco después que el secretario de Estado Cyrus Vance había llevado a Buenos Aires la nueva política de Jimmy Carter.

“Neutralizar” por “matar”

Ex miembros de la DNII reiteraron a LA REPUBLICA que aquel homicidio fue “alentado” por la Embajada de Estados Unidos en Montevideo, que “sugirió” a sus agentes “tocados” de la Brigada de Narcóticos que “neutralizaran” el operativo político. Pasiones y odios políticos llevaron a ejecutar un asesinato.
Las fuentes reiteraron que el director de la DNII, inspector Castiglioni, elaboró un informe paralelo, en el que denunciaba la responsabilidad de la gente de la Brigada de Narcóticos en el homicidio, que fue llevado en mano al general Prantl, quien pese a su destitución seguía teniendo todo el poder en el SID.
El documento concluía que había sido un “trabajo interno” que adjudicaban a Hugo Campos Hermida. “Fue un disparate. Desde la embajada habían dicho que se debía ‘neutralizar’ a la dirigencia blanca y se entendió que había que matarlos”, narró uno de aquellos agentes ( LA REPUBLICA, 7/12/2006)
Campos Hermida era uno de los policías más implicados con los agentes de la CIA (el norteamericano Frank, el portorriqueño Raúl o el “ruso” Pedro) quienes mensualmente les pasaban un sobre con dinero. El “combo” con la sorpresita de McDonald’s”, diría el ex agente José Calace ( LA REPUBLICA, 1/1/2007)
Los informantes ­dos fuentes separadas­ coinciden en señalar a un ex agente de Narcóticos, de iniciales H. F., como el hombre que trasladó las botellas al domicilio de Lacalle. Ambos apuntan a una funcionara de iniciales R. L. como la posible autora de las misivas que llevaban los vinos envenenados en 1978.
Curiosamente, el carné de Policía de H. F. habría sido el que mostró a los agentes de Interpol el ex coronel Gilberto Vázquez cuando fueron a detenerlo en un departamento del barrio Palermo, donde se había ocultado durante su breve fuga del Hospital Militar.
La conexión norteamericana con la muerte de Cecilia Fontana de Heber no es descartada por el abogado Javier Barrios Bove, quien solicitó al Departamento de Estado abrir todos los archivos secretos que puedan tener información sobre el caso. Ningún documento desclasificado hasta hoy menciona el tema.

 (http://www.lr21.com.uy/politica/244869-muerte-de-cecilia-fontana-de-heber-acusana-dos-policias-y-una-conexion-estadounidense).

Uno de esos agentes, Frederick Latrash, era un agente de la CIA que hasta el presente siguió vinculado con con los círculos del poder norteamericano.

Tomado de :elmuertoquehabla.blogspot.com